Desde que Alessa cumplió un mes, las noches en casa suelen seguir el mismo ritual: baño, pijama, un poco de calma y, finalmente, dormir.
Al día de escribir está entrada, mi bebé tiene cinco meses y, aunque procuramos comenzar la rutina entre las 7:30 y las 8:00 de la noche, hay algo que nunca ha sido completamente predecible: las siestas.
Alessa toma lactancia materna exclusiva y a libre demanda. Eso significa que come cuando tiene hambre y, muchas veces, duerme cuando su cuerpo lo necesita. Intentamos que no permanezca despierta más de dos horas seguidas, pero la vida rara vez sigue un horario perfecto. Hay días en los que su última siesta termina después de las seis y media de la tarde y sabemos que conciliar el sueño por la noche será más difícil.
No porque no quiera dormir.
Sino porque, igual que nosotros, a veces su cuerpo y sus emociones necesitan un poco más de tiempo para organizarse.
Esta semana ocurrió algo que llamó profundamente mi atención. Descubrí que, sin que nadie se lo enseñara, Alessa parecía buscar un pequeño conejito de tela para tranquilizarse antes de quedarse dormida.
Aquella escena me llevó a una pregunta: ¿Qué está ocurriendo realmente cuando un bebé parece encontrar calma en un objeto?
Hace algunos meses leí un libro que, en realidad, no hablaba sobre maternidad. Sin embargo, uno de sus capítulos mencionaba a Wilfred Bion y su concepto de contención. Aquella idea despertó mi curiosidad y terminé leyendo mucho más sobre desarrollo emocional infantil.
Bion proponía que los bebés experimentan emociones que todavía no pueden comprender ni organizar por sí mismos. En ese proceso, la persona cuidadora (generalmente la madre o quien ocupa ese lugar de cuidado) actúa como un «contenedor» de esas emociones. No elimina el malestar del bebé; lo recibe, lo comprende y lo devuelve transformado en una experiencia más tolerable.
Dicho de otra manera, nuestra función no consiste únicamente en resolver el problema. Consiste también en ayudar a nuestro bebé a descubrir que aquello que siente tiene sentido y puede ser contenido.
Mientras investigaba sobre la contención emocional descubrí que distintas teorías del desarrollo infantil describen este mismo proceso desde perspectivas complementarias.
Donald Winnicott hablaba del holding o sostén emocional. Antes de aprender cualquier otra cosa, un bebé necesita sentirse protegido física y emocionalmente. Ese ambiente seguro se convierte en la base desde la cual comienza a explorar el mundo.
John Bowlby propuso que el apego seguro se construye cuando las figuras cuidadoras responden de manera consistente a las necesidades del bebé. La seguridad no nace de hacerlo todo perfecto, sino de estar disponibles la mayor parte del tiempo.
Mary Ainsworth profundizó esta idea mostrando que no basta con responder; lo importante es responder con sensibilidad: observar, interpretar las señales del bebé e intentar comprender qué necesita en ese momento.
Peter Fonagy, desde la teoría de la mentalización, plantea que el adulto intenta comprender el mundo interno del bebé antes de reaccionar únicamente ante su conducta. En lugar de preguntarnos «¿por qué llora?», la pregunta cambia a «¿qué estará sintiendo?».
Desde la Neurobiología Interpersonal, Daniel Siegel explica que los bebés aún no pueden regular por sí solos su sistema nervioso. Primero necesitan la calma de otro cerebro. Con miles de experiencias repetidas de co-regulación, esa capacidad termina desarrollándose de forma progresiva.
Finalmente, Donald Winnicott describió los objetos transicionales: algunos bebés, después de haber vivido numerosas experiencias de seguridad con sus cuidadores, comienzan a utilizar un objeto (como una manta, un trapito o un peluche) que les ayuda a tolerar la separación y a tranquilizarse. Ese objeto no sustituye a mamá o papá; representa la seguridad que el bebé ha experimentado con ellos.
Esa teoría cobró sentido una noche.
Alessa estaba inquieta. Pensé que tenía hambre, pero mientras intentaba darle pecho se arqueaba y parecía incómoda. Decidí acostarla unos minutos en su colecho para observarla antes de insistir.
Entonces ocurrió algo que no esperaba.
Extendió la mano, tomó su pequeño conejito y comenzó a acariciarlo mientras balbuceaba tranquilamente.
No lloraba.
No estaba molesta.
Simplemente parecía estar organizando lo que sentía.
Permanecí en silencio, con la habitación oscura, observándola.
Cinco minutos después volvió a buscarme con el balbuceo que ya reconozco como su manera de pedir leche. La cargué, comenzó a alimentarse y, pocos minutos después, se quedó profundamente dormida.
Aquella escena no demuestra que mi hija ya tenga un objeto transicional. Tampoco significa que ese conejo vaya a convertirse necesariamente en uno.
Lo que sí hizo fue recordarme algo importante: algunos comportamientos cotidianos pueden entenderse mejor cuando conocemos cómo ocurre el desarrollo emocional.
Es importante aclararlo porque suele existir mucha confusión.
No todos los bebés desarrollan un objeto transicional.
No cualquier peluche es un objeto transicional.
Y, cuando aparece, generalmente es el propio bebé quien lo elige, no el adulto.
La evidencia muestra que la autorregulación emocional no aparece de un día para otro.
Primero existe la co-regulación: el bebé aprende a calmarse gracias a la presencia, la voz, el contacto y la disponibilidad emocional de sus cuidadores.
Con el tiempo, y gracias a miles de experiencias repetidas, comienza a desarrollar recursos propios.
El apego es el vínculo que el bebé construye con las personas que lo cuidan.
El objeto transicional, cuando aparece, no reemplaza ese vínculo. Más bien puede convertirse en un apoyo que nace precisamente de haberse sentido contenido una y otra vez.
Cada bebé recorrerá este camino a su propio ritmo.
En nuestro caso, yo nunca le ofrecí el conejito como estrategia para dormir. Siempre estuvo en su cuna y, con el paso de las semanas, observé que ella misma comenzó a buscarlo con la mirada.
Quizá eso no sea más que una coincidencia o quizá sea el inicio de un recurso propio para sentirse acompañada.
Todavía no lo sé. Y creo que esa incertidumbre también forma parte de la maternidad.
❤️ Una reflexión para terminar
Dar contención cuando tú también necesitas ser contenida es un acto de amor.
Enseñar contención cuando sientes que estás perdiendo la paciencia también es amor.
Ayudar a regular el sistema nervioso de tu bebé mientras el tuyo intenta encontrar calma es amor.
Y quizá aquí ocurre una de las transformaciones más silenciosas de la maternidad: las mujeres aprendemos al mismo ritmo que nuestros bebés.
Cuando vi a Alessa buscar su mantita y su pequeño conejito para tranquilizarse, sentí que muchas de esas experiencias de contención que habíamos construido juntas comenzaban, poco a poco, a convertirse en recursos propios.
La regulación emocional no nace dentro del bebé. Primero ocurre entre el bebé y quien lo cuida. A través de miles de experiencias de contención, sensibilidad y seguridad, esa regulación compartida termina convirtiéndose, poco a poco, en una capacidad interna.
¿Qué se siente ser el contenedor de las emociones de tu bebé mientras también aprendes a contener las tuyas?
Quizá la próxima vez que tu bebé llore, antes de preguntarte cómo hacer que deje de hacerlo, puedas preguntarte algo diferente:
¿Qué emoción está intentando organizar en este momento y cómo puedo prestarle un poco de mi calma mientras aprende a construir la suya?
Porque, con el tiempo, tu bebé no solo aprenderá a dormir.
Aprenderá a comprender sus emociones porque, durante mucho tiempo, tú le prestaste tu capacidad para comprenderlas primero.
Esta semana, observa qué hace tu bebé cuando intenta tranquilizarse.
¿Busca tu voz? ¿Tu pecho? ¿Tus brazos? ¿Un objeto? ¿Su dedo? ¿El movimiento?
No intentes cambiarlo de inmediato. Primero obsérvalo.
A veces comprender es el primer paso para acompañar.
Nota: Esta reflexión surge de una observación personal y no pretende generalizar el desarrollo de todos los bebés. Cada niño sigue su propio ritmo y los conceptos aquí explicados buscan ofrecer un marco para comprender el desarrollo emocional, no establecer reglas universales.

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