¿Cuánta ropa necesita realmente un bebé? Entre el crecimiento, la comodidad y las expectativas

Entre tallas que duran semanas, vestidos que nunca usamos y bodies que de pronto ya no cierran, descubrí que la ropa de un bebé también puede contarnos algo sobre crecer, imaginar y aprender a dejar ir.

¿Cuánta ropa necesita un bebé durante su primer año de vida?

Antes de que naciera Alessa, escuché muchas veces la misma advertencia:

«Vas a necesitar muchísima ropa.»

Me decían que los bebés se ensucian constantemente: leche, regurgitación, pipí, popó y, después, comida.

Y sí. Todo eso ocurre.

Pero esa era prácticamente toda la información que tenía.

Mi hermana fue de las pocas personas que me dio un consejo diferente: tener ropa para estar en casa y algunas prendas para salir. Aunque, siendo sincera, nosotros casi no salimos.

Todavía no me siento completamente segura saliendo sola con Alessa. Hemos tenido que hacerlo algunas veces (gracias, entre otras cosas, a los maravillosos trámites relacionados con mi licencia de maternidad, pero esa es otra historia) y poco a poco vamos aprendiendo.

Al día en que escribo esto, Alessa tiene seis meses y hay algo que ha complicado todavía más nuestra relación con su pequeño clóset: crece rapidísimo.

Desde el embarazo nos dijeron que probablemente sería alta. Durante los ultrasonidos estructurales, el médico señalaba que tenía un fémur largo. Mi esposo no terminaba de creerlo hasta que otra doctora hizo la misma observación y, después de que nació, su pediatra continuó diciéndonos que era una bebé alta.

Su papá mide 1.83 m y yo 1.63 m, así que tampoco resulta demasiado sorprendente.

Mes tras mes aparece entre las bebés altas en sus gráficas de crecimiento y esto ha provocado que nuestro paso por las tallas sea bastante acelerado.

Entonces hemos tenido de todo:

Ropa que alcanzó a usar muchísimo.

Ropa que utilizó una sola vez.

Ropa que resultó incómoda.

Ropa que nunca estrenó.

Muchísima de una talla.

Poquísima de la siguiente.

Y ahí comencé a preguntarme:

¿cuánta ropa es realmente necesaria y suficiente para una persona que está creciendo a una velocidad extraordinaria?

Un bebé necesita moverse, dormir, comer, explorar y estar cómodo. Además, durante los primeros meses su capacidad para regular la temperatura todavía está madurando.

Quizá, entonces, necesita bastante menos ropa de la que imaginamos.

Pero detrás de esa pregunta descubrí otra mucho más interesante: ¿Para quién compramos realmente la ropa de nuestros bebés?

Mi mamá y mi hermana le regalaron mucha ropa a Alessa pensando en que se viera bonita, dulce y tierna.

Y se veía exactamente así.

Pero ese era también su imaginario sobre ella.

El mío era diferente: quería que estuviera cómoda y abrigada cuando fuera necesario.

Su papá, que prácticamente siempre viste de negro, probablemente sería feliz si nuestra hija pareciera una pequeña rockera todos los días.

Y entonces comprendí algo.

Antes de que nuestros hijos puedan decirnos quiénes quieren ser, somos los adultos quienes tomamos muchas de las primeras decisiones sobre cómo serán presentados ante el mundo.

La ropa es una de ellas.

Antes incluso del nacimiento ya construimos representaciones mentales de nuestros bebés.

Los imaginamos.

Pensamos cómo serán.

A quién se parecerán.

Cómo será nuestra vida con ellos.

Y, de alguna manera, comenzamos a relacionarnos con esa representación antes de conocer a la persona real.

Yo también lo hice.

Lo primero que compré para Alessa fue un pañalero con estrellas azules. Todavía no sabía si esperaba una niña o un niño.

Después descubrimos que era niña.

¿Y qué hice?

Le compré un vestido.

¡Un vestido!

Yo nunca uso vestidos.

Pero aparentemente, en alguna parte de mi cabeza, «tener una niña» había activado una imagen de cómo se suponía que debía verse.

Después nació.

Y apareció la vida real.

El vestido tuvo suerte: consiguió salir de casa una vez, cuando fuimos a visitar a su abuela paterna.

Entonces descubrí que era incómodo para ella.

Era incómodo para mí.

Y era particularmente incómodo cuando la llevaba en el fular.

Ese día pensé:

«No más vestidos. A menos que algún día ella los pida.»

El bebé imaginado comenzaba a encontrarse con el bebé real.

Y también la mamá que yo había imaginado comenzaba a encontrarse con la mamá que realmente estaba siendo.

Desde el desarrollo humano sabemos que la llegada de un hijo implica mucho más que aprender nuevas tareas de cuidado.

También supone una reorganización de roles, expectativas, relaciones e identidad.

Durante el embarazo, los padres comienzan a construir representaciones sobre el bebé y sobre sí mismos como futuros padres. Después del nacimiento, esas representaciones necesariamente tienen que encontrarse con una persona real: un bebé con características, necesidades, ritmos y, progresivamente, preferencias propias.

Y la ropa puede parecer un asunto trivial, pero es uno de los primeros espacios donde esto se hace visible.

Los adultos utilizamos la vestimenta como una forma de expresión e identidad.

Con los bebés ocurre algo particular: durante los primeros años ellos todavía tienen una participación limitada en esa elección, por lo que somos los cuidadores quienes decidimos qué prendas comprar, qué colores elegir, qué consideramos bonito, cómodo, apropiado o incluso representativo de nuestra familia.

Eso no significa que vestir a nuestros hijos según nuestros gustos sea psicológicamente problemático.

Es prácticamente inevitable.

Lo interesante es reconocer que algunas decisiones sobre nuestros bebés también hablan de nosotros.

De nuestros gustos.

De nuestra historia.

De nuestras expectativas.

Incluso de cómo imaginábamos que sería tener un hijo o una hija.

Con el desarrollo, esa relación comienza a cambiar. Los niños adquieren progresivamente mayor autonomía y capacidad para expresar preferencias. Aquella personita a la que durante meses vestimos según nuestro criterio empieza, poco a poco, a participar en la construcción de su propia identidad.

Y quizá algún día la niña a la que todos querían vestir de rosa simplemente diga:

«No más rosa. Quiero vestirme como Mulán.»

Entonces tendremos que volver a aprender.

¿Y cuánta ropa necesita realmente?

Aquí la ciencia nos obliga a ser más modestos.

No existe un número universal de prendas que todos los bebés necesiten.

La cantidad depende de factores bastante cotidianos:

la velocidad de crecimiento del bebé, el clima, la frecuencia con la que se lava ropa, cuánto sale la familia de casa, la alimentación, la frecuencia con que necesita cambios de ropa y las actividades cotidianas.

Lo que sí sabemos es que más ropa no necesariamente significa mayor bienestar.

En los bebés pequeños es importante prestar atención al ambiente y evitar el exceso de abrigo. Para dormir, por ejemplo, las recomendaciones de sueño seguro insisten en evitar el sobrecalentamiento y en ajustar la ropa a la temperatura del lugar.

Por eso quizá una pregunta más útil que:

«¿Cuántas prendas debería comprar?»

sea: «¿Qué prendas necesita este bebé para la vida que realmente tenemos?»

Pero sí: algunas veces la respuesta será simplemente:

«Me parece preciosa y quiero comprársela.»

Y tampoco pasa nada.

No todas nuestras decisiones necesitan convertirse en un ejercicio de optimización.

Pero entender la diferencia ayuda.

En poco tendremos nuestra primera fiesta infantil con Alessa y, cuando pensé en comprar el regalo, hice algo que antes quizá no habría considerado: pregunté a la mamá qué talla usa su bebé y si había algún color que prefiriera.

También pensé en algo que mi hermana me había enseñado:

¿qué clima hará cuando finalmente le quede esa talla?

Porque regalar ropa para un bebé no consiste únicamente en elegir algo que nos parezca bonito.

También podemos pensar en el bebé que la utilizará y en la vida cotidiana de la familia que tendrá que ponérsela.

Y creo que esa misma pregunta sirve para nuestras propias compras.

No comprar para el bebé imaginario.

Comprar, principalmente, para el bebé que tenemos enfrente.

Quizá no necesitamos una lista universal que diga:

«Un bebé necesita exactamente diez bodies, seis pantalones y cuatro pijamas.»

Porque ninguna lista puede conocer nuestro clima, nuestra frecuencia de lavado, la velocidad de crecimiento de nuestro bebé o nuestra rutina familiar.

Una estrategia más útil puede ser comprar progresivamente y observar.

Tener suficiente ropa para cubrir varios días de nuestra rutina habitual, pero evitar llenar con demasiada anticipación cada talla.

Cuando se acerque un cambio de talla, podemos tener algunas prendas preparadas y completar después aquello que descubramos que realmente necesitamos.

También podemos utilizar una pregunta muy sencilla antes de comprar:

¿Estoy comprando esto para una necesidad que ya conozco o para una situación que estoy imaginando?

No significa que nunca podamos comprar por ilusión.

Preparar ropa para un bebé también puede formar parte de la emoción de esperarlo.

La economía conductual nos recuerda, además, que nuestras decisiones no ocurren en el vacío. Compramos influidos por ofertas, paquetes, recomendaciones, imágenes de otros bebés y por la sensación de que «más vale tener de sobra».

Por eso puede ayudarnos introducir una pequeña pausa entre el impulso y la compra.

No para convertir cada pañalero en una decisión financiera trascendental.

Sino para preguntarnos: ¿probablemente alcanzará a usarlo?

Y también podemos permitirnos cambiar de opinión.

Yo compré un vestido porque imaginaba una cosa.

Después conocí nuestra rutina y descubrí otra.

Eso también es aprender a maternar.

No tenemos que mantener una decisión solamente porque antes de tener al bebé creíamos que funcionaría.

La información nueva puede cambiar nuestras decisiones.

Y el bebé real siempre tendrá más información que ofrecernos que el bebé que imaginamos.

Hace unos días Alessa cambió de talla. Otra vez.

Tuve que abrir su clóset, guardar la ropa que ya no le quedaba y sacar la siguiente.

Es una tarea completamente cotidiana.

Doblar.

Separar.

Guardar.

Sacar lo nuevo.

Pero mientras lo hacía sentí algo que no esperaba.

Seis meses se habían ido.

Entre mis manos estaban los pañaleros que hace muy poco le quedaban enormes y que ahora ya ni siquiera cerraban.

Y comprendí que no solamente estaba guardando ropa.

Estaba cerrando una etapa.

La Alessa recién nacida ya no está.

Ahora estoy conociendo a otra: la que comenzará a comer nuevos alimentos, la que intentará desplazarse por todas partes, la que tendrá sus primeros dientes, la que cada día entenderá un poquito más del mundo.

Y estoy profundamente feliz de verla crecer.

Pero también puedo extrañar a la bebé que acaba de dejar atrás.

Creo que la maternidad está llena de estos pequeños adioses. 

Crecer implica que algunas etapas tienen que terminar para que otras puedan comenzar.

Podemos sentir alegría porque nuestra bebé crece y nostalgia porque una versión de ella ya no volverá.

Las dos emociones pueden existir al mismo tiempo.

Quizá por eso guardar una prenda diminuta puede conmovernos tanto.

Porque un body no es solamente un body.

Puede ser el que llevaba puesto cuando comenzó a sonreír.

La pijama con la que pasó tantas noches en nuestros brazos.

La ropa que alguna vez le quedó enorme.

Y, de pronto, ya no le queda.

Durante meses me pregunté cuánta ropa necesitaba un bebé.

Ahora creo que la respuesta es bastante menos interesante que todo lo que descubrí intentando responderla.

La ropa crece con ellos hasta que deja de hacerlo.

Y nosotros tenemos que aprender, una talla a la vez, a acompañar ese movimiento extraño de la maternidad:

querer conservar cada versión de nuestros hijos mientras celebramos profundamente que sigan creciendo.

¿Qué sentiste la primera vez que guardaste la ropa que ya no le quedaba a tu bebé?

Quizá la próxima vez que hagas un cambio de talla puedas detenerte un momento antes de guardar todo.

No necesariamente para conservar cada prenda.

Sino para reconocer a la mamá y al bebé que existieron durante esa etapa.

Porque a veces crecer también significa despedirse.

Y dejar ir también puede ser una forma de celebrar que seguimos avanzando juntos.

Respuesta

  1. Avatar de Malinali Olvera

    Hola. Creo Que todo lo que tu escribes es real y bello. 👏🏻👏🏻felicidades por cada logro que llevan juntas.

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