Un mes se reía con su pediatra. Al siguiente, escuchar su voz bastó para que comenzara a llorar. Yo pensé que algo había pasado. Después entendí que quizá lo que había cambiado no era la doctora: era el cerebro de mi bebé.
Llegamos con la pediatra de Alessa por una mezcla de suerte y desconocimiento.
Y quizá precisamente por ese desconocimiento nació, mucho antes, mi deseo de crear un espacio como este blog.
Antes de ser mamá sentía que existía muchísima información sobre embarazo y bebés, pero cuando me embaracé descubrí algo diferente: información hay; lo difícil es saber qué necesitas saber antes de descubrir que necesitabas saberlo.
Muchas personas te advierten:
«Es pesado.»
«Los vas a amar como nunca.»
«No volverás a dormir.»
Pero esas frases dicen muy poco sobre lo que realmente significa convertirte en mamá.
Nadie necesariamente te habla de brotes de crecimiento, alimentación complementaria, cambios en el sueño, aversiones durante el embarazo, piernas hinchadas después de una cesárea y cientos de pequeñas cosas que vas descubriendo conforme aparecen.
Y para mí sí: tenemos que hablar más de todo eso.
Nuestra historia con la pediatra de Alessa, curiosamente, comenzó dos días antes de que Alessa naciera.
Cuando tenía alrededor de 27 semanas de embarazo tuve un día particularmente estresante en el trabajo y noté que mi abdomen permanecía duro. Le escribí a mi ginecóloga y me indicó que, si llevaba más de veinte minutos así, necesitaba acudir a revisión, pero que ella ya no podría atenderme, había cambiado de clínica.
Llamé a la clínica y pedí la cita más próxima que hubiera con una doctora, en ese momento, para mí era importante que fuera mujer.
Y tuvimos suerte.
Encontramos una excelente ginecóloga. Me revisó, me tranquilizó, recibí la atención que necesitaba y decidimos continuar con ella durante el resto del embarazo.
Conforme se acercaba el nacimiento, me preguntó cómo imaginaba mi parto. Yo había tenido claro desde el principio que quería una cesárea y se lo dije. Respetó mi decisión.
Tiempo después nos explicó que trabajaba habitualmente con un equipo propio, integrado por mujeres, aunque podíamos elegir a otros profesionales si así lo deseábamos.
Confiamos en ella.
Y así, casi por casualidad, conocimos también a quien se convertiría en la neonatóloga y posteriormente pediatra de Alessa.
Fue quién recibió a nuestra hija cuando nació y, desde entonces, la ha visto todos los meses.
Hasta aquí, todo parecía bastante predecible.
Hasta que llegaron los cuatro meses.
Durante esa consulta ocurrió algo divertido: Alessa comenzó a carcajearse mientras la doctora hablaba.
Pero no una sonrisita.
Carcajadas.
Hasta hoy no ha vuelto a reírse de esa manera en una consulta.
Como nuestras citas suelen ser alrededor de las ocho de la noche, mi esposo pensó que quizá estaba cansada. Yo tenía otra teoría: nuestra pediatra habla con una voz bastante fuerte y pensé que, por alguna razón, aquello le parecía gracioso.
Nos fuimos sin darle demasiadas vueltas.
Un mes después regresamos.
Misma pediatra.
Mismo consultorio.
Mismos papás.
Pero no la misma Alessa.
Entramos, la doctora comenzó a hablar y Alessa lloró.
Y lloró como nunca había llorado.
Mientras lloraba hacía sonidos parecidos a «papapapa» y miraba a su papá con una expresión que nosotros interpretábamos casi como:
«Sácame de aquí.»
Su papá la cargó.
No funcionó.
Terminó la consulta, subimos al coche y continuaba inquieta.
Intenté ofrecerle pecho, pero algo que he ido aprendiendo con ella es que, cuando está muy alterada, algunas veces primero necesita recuperar un poco de calma antes de poder comer.
Así que dejé de intentar resolverlo inmediatamente.
La abracé.
Le acaricié la espalda y la cabeza.
Le hablaba:
«Estamos contigo. Todo está bien.»
Pero era de noche y las luces de los coches y de la calle parecían añadir todavía más estímulos.
Entonces pensé:
necesita algo conocido.
Y le dije a mi esposo:
«Pon su música.»
Desde que nació, su papá utiliza música en muchos momentos con ella. La pone durante el baño, cuando estamos juntos tomando café después del trabajo y en diferentes momentos que se han convertido, sin proponérnoslo demasiado, en parte de nuestra vida familiar.
Hay canciones a las que parece responder más que a otras.
Mi esposo puso Ramones Essentials.
Y poco a poco ocurrió.
La música.
Nuestros brazos.
Los besos en la frente.
La voz conocida.
Alessa comenzó a tranquilizarse.
Aquella noche confirmé algo que ya había empezado a observar sobre nuestros rituales familiares.
Pero me quedé con otra pregunta:
¿qué había ocurrido entre los cuatro y los cinco meses para que la misma persona que un mes antes le provocaba carcajadas ahora pareciera generarle tanta cautela?
Poco después apareció una posible respuesta mientras leía sobre el desarrollo de los bebés:
el temor o cautela frente a personas desconocidas.
A veces se le llama ansiedad ante los extraños o stranger fear, aunque me gusta más empezar hablando de cautela ante lo desconocido, porque no todos los bebés reaccionan con ansiedad intensa ni todos lo hacen de la misma manera.
Y aquí está la parte fascinante:
para que alguien pueda empezar a parecerte extraño, primero tienes que reconocer quién es familiar.
Los bebés distinguen información asociada con sus cuidadores desde muchísimo antes de los seis meses. No despiertan un día pensando: «Ah, esta es mamá y ese señor es un desconocido.»
Es un desarrollo progresivo.
Durante los primeros meses, la experiencia repetida con rostros, voces, olores, maneras de cargar, canciones y rutinas va construyendo familiaridad.
Hacia los seis meses existen incluso diferencias medibles en la actividad cerebral cuando los bebés observan rostros familiares frente a desconocidos.
Y durante la segunda mitad del primer año comienzan a hacerse más evidentes las diferencias conductuales ante las personas desconocidas.
Por eso un bebé que antes podía sonreírle tranquilamente a prácticamente cualquiera puede comenzar a:
observar fijamente,
ponerse serio,
desviar la mirada,
aferrarse a quien lo cuida,
necesitar tiempo para acercarse,
o llorar cuando una persona desconocida se aproxima.
La investigación sitúa alrededor de los seis meses el comienzo frecuente de esta cautela, que puede intensificarse durante el resto del primer año. Pero hay una variabilidad enorme entre bebés.
Entonces entendí algo:
Alessa no tenía nada malo.
Su mundo social se estaba volviendo más complejo.
Algo que me pareció especialmente importante al investigar es que hablar simplemente de «miedo a los extraños» puede simplificar demasiado lo que sucede.
Los bebés pueden diferenciar personas familiares y desconocidas mucho antes de empezar a llorar ante estas últimas. Lo que cambia progresivamente es cómo responden a esa diferencia.
Y tampoco todos reaccionan igual.
Un estudio longitudinal con 1,285 niños encontró diferentes trayectorias de temor ante desconocidos entre los seis y los 36 meses. Es decir, no existe una única manera «correcta» en la que este comportamiento deba aparecer y evolucionar.
Además, el contexto importa muchísimo.
La investigación clásica y contemporánea muestra que las respuestas pueden cambiar dependiendo de si el bebé está en un lugar familiar o desconocido, de si su cuidador está presente, de la proximidad de esa figura de confianza y del tiempo que haya tenido para familiarizarse con la situación.
Esto me hizo reinterpretar aquella consulta.
No puedo saber exactamente qué sintió Alessa.
Quizá influyó la pediatra.
Quizá el consultorio.
Quizá la hora.
Quizá el cansancio.
Probablemente fueron varias cosas al mismo tiempo.
Pero su reacción era compatible con algo que forma parte del desarrollo socioemocional de muchos bebés.
¿Y los Ramones?
Esta fue mi parte favorita de investigar.
Porque inicialmente pensé:
«Claro, escucha esa música desde que nació; por eso se tranquilizó.»
Pero una observación personal no demuestra una relación causal.
Así que busqué qué sabemos realmente.
Y resulta que la familiaridad musical sí puede tener importancia para los bebés.
En un experimento con bebés de ocho y diez meses, Cirelli y Trehub encontraron que las canciones podían disminuir el afecto negativo después de una situación experimentalmente estresante, y las canciones familiares produjeron algunos de los efectos positivos más marcados.
Otros experimentos han encontrado que los bebés recuerdan melodías escuchadas previamente y que las canciones aprendidas dentro de interacciones sociales con sus cuidadores pueden adquirir significado social desde edades muy tempranas. Un estudio encontró este efecto incluso en bebés de cinco meses.
Una revisión sistemática más reciente también encontró que cantar a los bebés dentro de la interacción cuidador-bebé se relaciona, entre otras cosas, con procesos de regulación emocional y sintonía afectiva.
Eso no significa que Ramones tenga propiedades reguladoras especiales (aunque su papá probablemente defendería esa hipótesis).
Tampoco puedo afirmar que la música haya sido la causa de que Alessa dejara de llorar.
Estaban ocurriendo muchas cosas simultáneamente: estaba en nuestros brazos, escuchaba nuestras voces, recibía contacto físico y además apareció algo auditivamente familiar.
Lo que sí puedo decir es que la música ya forma parte de experiencias repetidas y conocidas dentro de nuestra familia.
Y eso me hizo mirar nuestros pequeños rituales cotidianos de otra manera.
Aquella noche mi primera reacción había sido exactamente la misma que tenía antes de convertirme en mamá cuando escuchaba llorar a un bebé:
¿Qué tiene?
¿Tiene hambre?
¿Le duele algo?
¿Está cansada?
¿Qué le falta?
¿Qué tengo que hacer para poder ayudarla?
Ahora intento añadir otra pregunta:
¿Y si no hay nada que «arreglar»?
Quizá algunas veces el llanto también es la manera disponible que tiene un bebé para expresar que una situación le resulta intensa, novedosa, incómoda o difícil de procesar.
Comprender el desarrollo no hace que automáticamente sepamos por qué llora nuestro bebé.
Pero sí puede cambiar nuestra interpretación.
En lugar de:
«Está haciendo berrinche.»
«Está chiqueada.»
«La acostumbraron demasiado a los brazos.»
podemos preguntarnos:
¿Qué está ocurriendo en su desarrollo que podría ayudarme a entender esta reacción?
Eso fue lo que cambió para mí.
No necesitaba conseguir que Alessa dejara de llorar para que las demás personas no escucharan a una bebé llorando.
Necesitaba intentar comprender qué estaba comunicando y ofrecerle seguridad mientras atravesaba aquello.
Entender esta etapa no significa que tengamos que evitar que nuestros bebés conozcan personas nuevas.
Tampoco significa obligarlos a acostumbrarse.
Podemos hacer algo bastante más sencillo:
darles tiempo.
Cuando un bebé muestra cautela ante alguien nuevo, podemos permitirle observar primero desde un lugar donde se sienta seguro.
No necesita pasar inmediatamente de los brazos de mamá o papá a los brazos de otra persona.
Puede mirar.
Escuchar.
Observar cómo nosotros interactuamos con esa persona.
Acercarse progresivamente.
Y decidir, dentro de las posibilidades de su edad, cuándo está preparado para una interacción mayor.
El contexto también puede ayudarnos. Si sabemos que está cansado, hambriento o sobreestimulado, quizá no sea el mejor momento para insistir en una interacción social.
En casa tenemos además una regla bastante sencilla:
si alguien quiere cargar a Alessa y ella comienza a llorar, pedimos que nos la devuelvan.
No porque queramos enseñarle que las demás personas son peligrosas.
Precisamente lo contrario.
Queremos que pueda explorar el mundo sabiendo que, cuando algo la sobrepasa, puede regresar a nosotros.
Con el tiempo tendrá cada vez más recursos propios.
Por ahora, nosotros todavía somos una parte importante de esos recursos.
Y podemos apoyarnos también en elementos familiares que ya formen parte naturalmente de nuestras rutinas: nuestra voz, una canción conocida o determinadas secuencias cotidianas. No como trucos que garanticen detener el llanto, sino como señales familiares dentro de una situación que puede sentirse nueva.
Llegó la consulta de los seis meses.
Entramos nuevamente al mismo consultorio.
Estaba la misma pediatra.
Esta vez Alessa no se carcajeó.
Pero tampoco ocurrió lo del mes anterior.
La observó.
Parecía estudiarla con cierta cautela.
Nosotros no la apresuramos.
La consulta siguió avanzando y, poco a poco, pareció sentirse más cómoda.
Hasta que finalmente le regaló una sonrisa a su doctora.
No sé si la recordó.
No sé si simplemente necesitó tiempo.
Y no necesito inventar una explicación para hacer significativa aquella escena.
Lo que sí sé es que en tres consultas vi tres versiones distintas de mi hija:
una que se carcajeaba,
una que necesitaba nuestros brazos para recuperar la calma,
y otra que primero observó antes de sonreír.
Las tres eran Alessa.
Y las tres formaban parte de una bebé cuyo cerebro estaba cambiando mientras nosotros intentábamos aprender a conocerla.
Creo que una de las cosas más difíciles de la maternidad es que, justo cuando sentimos que finalmente entendimos a nuestro bebé, nuestro bebé cambia.
Aparece una conducta nueva.
Una reacción diferente.
Otra pregunta.
Y tenemos que volver a observar.
Quizá por eso comprender el desarrollo no significa aprender una lista de cosas que nuestro bebé «debería» hacer a determinada edad.
Significa tener más herramientas para mirar lo que hace sin juzgarlo inmediatamente.
La próxima vez que tu bebé reaccione de una manera que no esperabas, quizá antes de pensar «¿qué estoy haciendo mal?», puedas preguntarte:
¿qué estará aprendiendo mi bebé que ayer todavía no podía hacer?
A veces una conducta que parece un problema es simplemente una nueva capacidad intentando encontrar su lugar.
Y quizá eso es algo que nuestros bebés nos enseñan constantemente:
crecer también significa empezar a distinguir lo conocido de lo desconocido y descubrir que existe un lugar seguro al cual regresar, para Alessa somos mamá y papá.
Un consejo de mamá a mamá: no permitas que el miedo a parecer exagerada pese más que las señales que estás observando en tu bebé. Si llora y sientes que necesita volver contigo, pídelo. No necesitas demostrar que puede estar con todos ni justificar por qué quieres cargarlo. Conocer el mundo también puede hacerse desde la seguridad de saber que siempre existe un lugar al cual regresar. Tu bebé tendrá mucho tiempo para conocer el mundo y a otras personas; por ahora, también está aprendiendo algo importante: que cuando necesita volver a su lugar seguro, puede hacerlo.

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