Cómo elegir el nombre de tu bebé: Entre las expectativas, la cultura y el afecto

Entre la identidad, la historia familiar y ese poquito de misterio que también acompaña a la maternidad

El otro día estaba platicando con una prima y mientras pensaba en el nombre que le puso a su hija,  llegué a una teoría que, debo aclarar desde ahora, no tiene ninguna pretensión científica.

Pensé que quizá existe una especie de ciclo entre generaciones:

cuando tienes un nombre muy común, puede parecerte buena idea ponerle a tu hijo un nombre diferente.

Y cuando creciste con un nombre poco común, quizá piensas:

«No. Mi hijo tendrá un nombre que nadie tenga que preguntar dos veces.»

No sé si realmente ocurra así.

Pero nosotros somos un buen ejemplo de la segunda posibilidad.

Mi nombre no es raro. Simplemente es poco común. Aun así, prácticamente toda mi vida he tenido que repetirlo varias veces.

El papá de Alessa también tiene un nombre poco común, y siempre tiene que aclarar como se escribe. 

Así que cuando empezamos a hablar de nuestros futuros hijos coincidimos en algo bastante sencillo:

queríamos un nombre «normal».

Aunque después descubrimos que definir qué significa normal cuando hablamos de nombres tampoco es tan fácil.

Yo, mucho antes de conocerlo, ya había imaginado cómo se llamaría mi hija.

Porque cuando pensaba en tener un bebé casi siempre imaginaba nombres de niña.

Y yo ya tenía uno:

Huitzil.

En mi cabeza estaba decidido.

Hasta que conocí al papá de Alessa y descubrí un pequeño detalle que no había contemplado en todos aquellos años imaginando a mi futura hija:

esa bebé también tendría papá.

Y resulta que al señor también tenía que gustarle el nombre.

Así que Huitzil dejó de ser el nombre para convertirse en mi propuesta.

Y comenzamos a buscar juntos.

Cuando todavía no existía Alessa, ya existían sus posibles nombres

Algo curioso de nuestra historia es que elegimos los nombres antes de quedar embarazados.

Escogimos dos posibilidades para niña y dos para niño.

No sabíamos quién llegaría.

Ni siquiera sabíamos cuándo.

Pero ya estábamos haciendo algo que, visto desde ahora, me parece muy especial:

estábamos imaginando a una persona que todavía no conocíamos.

El papá de Alessa quería un nombre que sonara fuerte.

Yo quería uno corto.

Los dos queríamos, dentro de lo posible, que fuera difícil convertirlo en otra cosa. Es decir, queríamos evitar diminutivos.

Sé que probablemente es una batalla perdida porque los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para convertir prácticamente cualquier nombre en un apodo.

Pero esa era nuestra intención.

Y entre todas esas condiciones apareció: Alessa.

Después quedé embarazada.

Y cuando supimos que sería niña, no tuvimos que comenzar una lista.

No hubo una competencia entre veinte nombres escritos en una aplicación.

No tuvimos que esperar a verla para decidir.

Para nosotros, ella ya era Alessa.

¿Qué está pasando realmente cuando elegimos un nombre?

Después me puse a pensar que elegir el nombre de un bebé es una decisión bastante peculiar.

Estamos tomando una de las primeras decisiones sobre la identidad social de una persona que todavía no conocemos.

No sabemos cómo será.

Qué le gustará.

Cómo será su personalidad.

Qué profesión elegirá.

Qué cosas conservará de nosotros y cuáles rechazará por completo.

Y, aun así, elegimos una palabra que probablemente escuchará miles de veces durante toda su vida.

La investigación sobre los nombres personales se estudia, entre otras disciplinas, desde la onomástica y, específicamente, desde la socio-onomástica cuando interesa comprender cómo los nombres se relacionan con fenómenos sociales.

Los sistemas para nombrar personas varían muchísimo entre culturas, pero los nombres cumplen una función básica de individualización e identificación. También pueden vincularnos con unidades familiares, tradiciones y otros grupos sociales.

Por eso elegir un nombre rara vez es solamente escoger una combinación de sonidos que nos parece bonita.

Puede contener preguntas como:

«¿Cómo quiero que suene?»

«¿Quiero que recuerde a alguien?»

«¿Quiero que tenga relación con nuestra cultura?»

«¿Será fácil de pronunciar?»

«¿Cómo sonará con sus apellidos?»

«¿Me gusta lo que significa?»

«¿Qué apodos podrían ponerle?»

«¿Cómo sonará cuando sea una mujer adulta?»

Y algunas de esas preguntas hablan del bebé.

Pero otras hablan muchísimo de nosotros.

Un nombre también cuenta la historia de quien lo elige

Investigando para esta entrada encontré algo que me hizo mirar nuestra elección de otra manera.

La literatura sobre nombres e identidad muestra que los nombres pueden estar relacionados con identidad individual, social y cultural, aunque la relación es mucho más compleja que decir que un nombre determina quién será una persona. 

Incluso investigaciones sobre cómo las parejas eligen los nombres de sus hijos muestran que la decisión puede combinar preferencias individuales con pertenencia familiar, cultural, étnica o religiosa. 

Entonces pensé:

quizá cuando elegimos el nombre de nuestros hijos no solamente estamos pensando en quiénes serán ellos.

También estamos dejando pequeñas pistas de quiénes éramos nosotros cuando los esperábamos.

Y en mi familia esto se vuelve particularmente evidente.

Porque si algo tenemos son nombres poco comunes.

Una historia familiar sobre elegir un nombre

Mi mamá cuenta una historia que siempre me ha gustado.

Cuando su mamá estaba embarazada de su hermana pequeña, le preguntó cómo le gustaría que se llamara la bebé.

Mi mamá tenía alrededor de 17 años.

Ya conocía a mi papá.

Y aquí hay un detalle importante.

Mis papás tienen nombres bastante comunes.

Los hermanos de mi papá… no tanto.

Prácticamente todos, excepto él, tienen nombres que van de poco comunes a realmente inusuales.

Mi mamá recordó un nombre que había escuchado y que le parecía especialmente tierno.

Su razonamiento me encanta.

Pensó que, si algún día alguien se enojaba con aquella niña, su nombre seguiría sin sonar demasiado rudo.

Así que se lo propuso a mi abuela.

Y de esa manera mi mamá terminó haciendo que su hermana llevara el mismo nombre que una de sus futuras cuñadas.

Ella todavía no podía saber todo lo que vendría después.

No sabía cómo sería su vida.

No sabía qué familia construiría.

Pero un nombre ya había conectado accidentalmente dos partes de su historia.

Sé perfectamente que eso puede explicarse como una coincidencia.

Pero esta es precisamente una de esas ocasiones en las que me permito ser un poquito mística y pensar:

qué bonita coincidencia.

Y mi nombre también terminó formando parte de la historia de alguien más

Cuando iba en la preparatoria, un compañero me dijo:

«Tienes un nombre bonito. Si algún día tengo una hija, le voy a poner así.»

Yo le dije que estaba bien.

Pasó el tiempo.

Mucho tiempo.

Hasta que un día recibí un mensaje por Facebook.

Era él.

Iba a tener una hija.

Y me escribió para preguntarme si todavía podía usar mi nombre.

Me pareció muy tierno que sintiera que tenía que pedirme permiso.

Le dije que claro.

Yo me llamaba así, pero el nombre no era mío.

Si después de tantos años seguía gustándole y quería llamar así a su hija, podía hacerlo sin ningún problema.

Y entonces ocurrió algo curioso.

Una palabra que mis padres habían elegido para nombrarme a mí había viajado, años después, hasta otra familia.

Eso también hacen los nombres.

Viajan.

Los escuchamos en una persona.

Los encontramos en un libro.

Los heredamos.

Los modificamos.

Los recuperamos de otra generación.

Los elegimos porque nos recuerdan un lugar.

Porque nos gusta cómo suenan.

Porque significan algo.

O simplemente porque un día escuchamos uno y pensamos: 

«Ese es el correcto, lo sentimos.»

¿Un nombre puede determinar quién será nuestro hijo?

Aquí es donde quiero separar claramente lo simbólico de lo científico.

Me encanta pensar que los nombres llevan algo de nosotros.

Me gusta conocer su origen.

Su significado.

Las historias que existen detrás de ellos.

Y también me gusta permitirme pensar que algunas coincidencias tienen cierta magia.

Pero no encontré evidencia para afirmar que el significado etimológico de un nombre determine la personalidad o el destino de quien lo lleva.

De hecho, la literatura sobre nombres e identidad es bastante más prudente. La relación entre ambos existe como fenómeno psicológico, lingüístico, cultural y social, pero no es correcto convertirla en una especie de profecía. 

Que un nombre signifique fuerza no garantiza una persona fuerte.

Que signifique luz no determina su personalidad.

Y elegir un nombre asociado históricamente con determinado atributo no programa el cerebro de un bebé para desarrollarlo.

Entonces quizá el nombre no marca el destino.

Pero eso no lo vuelve insignificante.

Porque antes de que nuestro hijo pueda decidir qué significado tendrá su nombre para él, ese nombre ya tiene un significado para nosotros.

La parte en la que me permito ser un poquito mística

Hace muchos años leí La filosofía náhuatl, de Miguel León-Portilla, y hubo una idea que se quedó conmigo.

Mi recuerdo era que los nahuas elegían el nombre considerando el día, la hora y las circunstancias alrededor del nacimiento.

Al volver a investigar para escribir esta entrada descubrí que mi recuerdo había simplificado bastante algo mucho más complejo.

En la cosmovisión nahua, el momento del nacimiento estaba relacionado con el tonalpohualli, el calendario ritual. El tonalpouhqui interpretaba el signo bajo el cual había nacido la criatura y podía señalar una fecha considerada favorable para la ceremonia de imposición del nombre. 

No era simplemente: «Nació a esta hora, entonces se llamará así.»

Había detrás una manera completamente distinta de comprender el tiempo, el nacimiento y el destino.

Y no necesito adoptar esa cosmovisión como una explicación literal para encontrarla profundamente interesante.

Porque revela algo que distintas culturas han expresado de maneras muy diferentes:

nombrar a alguien puede ser un acto cargado de significado.

Quizá el nombre no determina el destino.

Pero qué importante es elegir cómo llamarás todos los días a tu nuevo pequeño amor.

Entonces, ¿cómo elegir el nombre de tu bebé?

Después de investigar todo esto, curiosamente, no creo que exista una fórmula.

No voy a decirte que busques un nombre corto.

Ni uno original.

Ni uno tradicional.

Ni uno que nadie más tenga.

Ni uno imposible de convertir en apodo, porque nosotros lo intentamos y sospecho que el mundo encontrará la manera.

Creo que haría algo mucho más sencillo:

conoce la historia del nombre que estás considerando, pero también conoce tu propia razón para elegirlo.

Pregúntate qué te gusta de él.

Cómo llegó a ustedes.

Qué significa para ti.

Si pertenece a alguien importante.

Si conecta con tu familia o tu cultura.

O si simplemente ocurrió algo mucho menos elaborado:

lo escuchaste y te enamoraste de él.

Porque quizá dentro de veinte años tu hijo te pregunte:

«¿Por qué me pusieron así?»

Y me parece bonito poder regalarle algo más que una definición encontrada en internet.

Poder contarle su historia.

Una palabra que poco a poco se convierte en una persona

Qué bonito es pensar en el nombre de un bebé.

Buscarlo.

Descartarlo.

Probar cómo suena con los apellidos.

Decirlo en voz alta.

Imaginar cómo lo llamarás cuando sea pequeño y cómo sonará cuando sea adulto.

Y, sobre todo, recordar por qué terminó siendo ese y no alguno de los miles de nombres posibles.

Nosotros elegimos Alessa antes de conocerla.

Primero fue una palabra.

Después fue el nombre escrito en nuestros planes.

Más tarde apareció en estudios, consultas y conversaciones sobre una bebé que todavía no habíamos visto.

Y finalmente nació ella.

Ahora me pasa algo extraño:

ya no escucho “Alessa” y pienso en un nombre.

Pienso en mi hija.

En su cara.

En su voz.

En sus carcajadas.

En la persona que poco a poco estamos conociendo.

Tal vez eso sea lo más bonito de elegir un nombre.

Comenzamos nosotros dándole significado a una palabra.

Y después llega nuestro hijo y, durante toda su vida, es él quien empieza a llenarla de significado.

No sé si nosotros elegimos el nombre de Alessa o, si me permito ser un poquito mística, de alguna manera simplemente supimos reconocerlo cuando apareció.

La ciencia no puede responderme eso.

Y está bien.

Porque no todo lo que tiene significado para nosotros necesita convertirse en una afirmación científica.

Así que, si ahora estás buscando el nombre de tu bebé, quizá la pregunta no tenga que ser solamente:

“¿Qué significa este nombre?”

También podría ser:

“¿Qué historia quiero contarle algún día cuando me pregunte por qué lo elegimos?”

Los nombres de mi familia

En mi familia los nombres poco comunes son casi una tradición. Si estás buscando uno diferente, aquí te comparto algunos que forman parte de nuestra historia. Incluyo su origen y significado cuando estos pueden documentarse; cuando existen distintas interpretaciones, también lo señalo.

Alessa: Italiano, con raíz griega. Forma corta italiana de Alessandra, que procede del griego Alexandra. Se relaciona con aléxō, “defender/proteger”, y anḗr/andrós, “hombre”. Por ello significa “protectora de los hombres”, “defensora” o “protectora de la humanidad”.

Una aclaración antes de empezar: buscar el significado de un nombre parece sencillo hasta que empiezas a investigar. Muchos nombres, especialmente los de origen indígena, aparecen en internet con traducciones distintas o sin fundamento lingüístico. Por eso decidí incluir únicamente los significados que pude documentar y señalar aquellos cuyo origen sigue siendo incierto. Porque una historia bonita no necesita una etimología inventada para ser especial.

NombreOrigenSignificado
SamariaHebreo / bíblico“Lugar de vigilancia”, “Enviado de Dios”. 
CarloGermánico, forma italiana de Carlos“Hombre libre”.
RomualdoGermánico“Gobernante famoso” o “quien gobierna con fama”.
HildelisaGermánico“Mujer guerrera” o “mujer de batalla”. Significado etimológico no confirmado.
TonantziNáhuatl“Nuestra madre venerada”.
ZazilMaya“Luz”, “claridad” o “luminosidad”.
ItayetziPosible origen indígena mexicanoSe le atribuyen significados como “gotita de luna” o “corazón valiente”. Significado etimológico no confirmado.
CanekMayaSe ha interpretado como “serpiente negra” y también de otras maneras según su segmentación. Significado etimológico no confirmado.
BalamMaya“Jaguar”.
RaxalPosible origen mayaSe le atribuyen diferentes significados. Significado etimológico no confirmado.
YoloxóchitlNáhuatl“Flor del corazón”.
AliaÁrabe“Elevada”, “sublime” o “de alta condición”.
AmirÁrabe“Príncipe”, “comandante” o “gobernante”.
TarekÁrabe“El que llama a la puerta” o “visitante nocturno”; tradicionalmente también relacionado con el lucero nocturno.
AutzinPosible origen náhuatlSe le atribuyen distintas interpretaciones. Significado etimológico no confirmado.
IkalPosible origen mayaSe le atribuyen significados relacionados con “espíritu”, “aliento” o “viento”. Significado etimológico no confirmado.
PercibalTradición francesa/artúrica; variante de PercivalTradicionalmente interpretado como “el que atraviesa el valle”. Significado etimológico no confirmado.
QuitzeMaya k’iche’Asociado con B’alam K’itzé del Popol Vuh; se le atribuyen traducciones relacionadas con el “jaguar”. Significado etimológico no confirmado.
CasielTradición hebrea/místicaSe le atribuyen diversos significados vinculados con Dios y aparece como nombre angélico. Significado etimológico no confirmado.
FroylánGermánico“Pequeño señor” o “señor”.
IxchelMayaNombre de una importante deidad maya; suele relacionarse con el arcoíris y, tradicionalmente, con la luna. Significado etimológico no confirmado.
MalinaliNáhuatl“Hierba torcida”, “hierba para trenzar” o “enredadera”; también es un signo calendárico.
OnassisGriegoApellido griego utilizado también como nombre. Significado etimológico no confirmado.
KalevHebreo / estonioForma hebrea relacionada con Caleb; se le atribuyen interpretaciones como “fiel” o “valiente”. Significado etimológico no confirmado.
Zazzil-HaMayaSe interpreta como “agua clara”, “agua luminosa” o “luz del agua”. Significado etimológico no confirmado.
ElyanaProbable variante de Eliana, hebreo“Mi Dios ha respondido”.
AikoJaponésCon los kanji 愛子: “niña del amor” o “hija amada”. El significado puede cambiar según los kanji utilizados.
FarideyPosiblemente relacionado con Farida/Farideh, árabe/persa“Única”, “singular” o “incomparable”. Significado etimológico no confirmado.
XitlaliVariante moderna relacionada con el náhuatl Citlalli“Estrella”.

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