Cómo guardamos los recuerdos de nuestros hijos: Un viaje entre generaciones

Hace unos días estaba viendo el videoblog de una pareja de creadores de contenido mexicanos. Se estaban riendo de todas las cosas que sus mamás habían guardado de ellos cuando eran bebés: el cabello de su primer corte, el ombligo, los dientes y algunos de los rituales que acompañaban esos recuerdos.

Mientras los escuchaba pensé: mi mamá también hacía eso.

Ellos dijeron que probablemente no guardarían ese tipo de cosas de su bebé. Sin embargo, habían comprado una cámara instantánea para fotografiar momentos de su primer año.

Y ahí me surgió una pregunta:

¿y si no hemos dejado de guardar la infancia de nuestros hijos?, ¿y si solamente cambió la forma en que lo hacemos?

Porque quizá nuestras mamás guardaban dientes en una cajita y nosotros guardamos miles de fotografías en el celular.

Pero detrás podría existir algo muy parecido: el deseo de conservar un momento que sabemos que no volverá exactamente de la misma manera.

Mi mamá guardaba dientes

Mi mamá guardó nuestro primer corte de cabello.

Y con los dientes tenía un sistema bastante particular.

Nos dijo que nos convenía más vendérselos a ella que al Ratón de los Dientes.

No recuerdo cuáles eran las condiciones comerciales del ratón, pero aparentemente mi mamá tenía una mejor oferta, así que aceptábamos.

Ella se quedaba con nuestros dientes.

Hasta ahí podría parecer una historia relativamente normal dentro de las cosas que algunas familias guardan de sus hijos.

El problema es que mi mamá decidió ir un poco más lejos.

Mandó a hacer un anillo y un dije con nuestros dientes.

En ese momento yo no veía absolutamente nada extraño en llevar un anillo con mi propio diente.

Ahora, después de haber visto todas las temporadas de Mentes criminales, reconozco que quizá era un accesorio un poquito peculiar para una niña.

Pero dejando de lado lo extraño que pueda sonar ahora, mi mamá estaba haciendo algo que los seres humanos hemos hecho de distintas maneras durante muchísimo tiempo:

convertir algo cotidiano en un recuerdo.

Un diente dejaba de ser simplemente un diente porque había pertenecido a uno de sus hijos en una etapa que ya había terminado.

Y creo que ahí está lo interesante.

El valor del objeto no estaba realmente en el objeto.

Estaba en lo que representaba.

De guardar objetos a guardar momentos

El papá de Alessa ama tomar fotografías.

Pero cuando digo que le gusta tomar fotografías, no quiero decir solamente que saca el celular cuando algo se ve bonito.

Se lo toma muy en serio y, además, lo hace excelente.

Desde antes de que naciera Alessa ya sabía que había cosas de él que quería compartir con ella conforme creciera, y la fotografía sería una de ellas.

Algún día podrá enseñarle a mirar a través de una cámara, a jugar con la luz, a encontrar un encuadre y, sobre todo, a descubrir qué cosas vale la pena detener por un instante en una fotografía.

Pero mientras llega ese momento, Alessa ocupa el otro lado de la cámara.

La fotografía se ha convertido en una manera de intentar guardar cómo se siente estar con ella ahora.

No solamente cómo se ve.

Sus gestos.

Sus expresiones.

Las cosas que hace por primera vez.

Y también aquellas que hace todos los días y que, precisamente por ser tan cotidianas, podríamos no notar cuándo dejan de suceder.

Porque con un bebé ocurre algo extraño: muchas veces no sabes que estás viendo algo por última vez.

Un día deja de hacer determinado sonido.

Una prenda deja de quedarle.

Cambia su manera de dormir.

Aprende un movimiento nuevo y deja atrás otro.

Y quizá por eso sentimos tantas ganas de registrar.

Antes también intentábamos detener el tiempo

Cuando yo tenía aproximadamente diez años, mi papá compró una cámara de video.

La primera grabación que recuerdo era una especie de entrevista.

Estábamos mi hermana, mi hermano y yo, y mis papás nos hacían preguntas:

¿Cómo te llamas?

¿Cuántos años tienes?

¿Qué te gusta?

¿Qué quieres ser cuando seas grande?

Ese video se perdió.

Y me da mucha tristeza pensarlo porque me encantaría verlo ahora.

Me gustaría escuchar mi voz.

Mirar a mis hermanos como eran entonces.

Ver a mis papás detrás de aquella cámara cuando ellos también eran mucho más jóvenes.

Curiosamente, aunque ya no tengo la grabación, todavía recuerdo que existió.

Después de eso y hasta que fui mucho mayor, mi papá siguió grabando momentos especiales: festivales escolares, cumpleaños, Navidades y otras reuniones familiares.

Muy pocos de esos videos lograron conservarse.

Y eso también me hizo pensar en algo que a veces olvidamos cuando tenemos un teléfono capaz de tomar fotografías ilimitadamente: registrar la vida cotidiana no siempre fue tan fácil.

En los años noventa una cámara de video era un aparato aparte.

Una cámara fotográfica necesitaba rollo.

Las fotografías tenían que revelarse.

Después había que seleccionarlas, guardarlas y colocarlas en álbumes para evitar que se maltrataran.

Había una limitación física que obligaba, de alguna manera, a decidir qué momentos merecían una fotografía.

Hoy esa limitación prácticamente desapareció.

¿Qué cambió con la tecnología?

Ahora la mayoría llevamos una cámara en el bolsillo.

Con un teléfono podemos tomar una fotografía, grabar diez minutos de video, repetir la toma, hacer otras veinte fotografías y almacenarlo todo sin imprimir una sola imagen.

Podemos guardar miles.

Y aquí es donde creo que aparece una diferencia muy interesante entre la infancia que vivieron nuestros padres, la nuestra y la que están viviendo nuestros hijos.

La tecnología no inventó nuestra necesidad de conservar recuerdos. Amplió enormemente nuestra capacidad para registrarlos.

Los seres humanos hemos utilizado desde hace mucho tiempo objetos, fotografías, cartas, diarios y otras formas de memoria externa para ayudarnos a conservar acontecimientos y reconstruir nuestras historias.

Pero un celular permite algo diferente en escala.

Ya no fotografiamos solamente el cumpleaños.

Podemos fotografiar el desayuno de un martes cualquiera.

No solamente el primer paso, sino los veinte intentos anteriores.

No solamente una fotografía familiar en Navidad, sino un video de cómo sonaba su risa esa mañana.

Y eso me lleva a otra pregunta:

¿tener la posibilidad de guardar más significa que recordaremos mejor?

Esa es una pregunta que quiero mirar desde la investigación, porque memoria y almacenamiento no son exactamente lo mismo.

Tener diez mil fotografías no significa necesariamente tener diez mil recuerdos significativos.

Una fotografía puede ayudarnos a recuperar una historia, pero también necesita contexto: quién estaba ahí, qué estaba pasando, por qué ese momento terminó siendo importante.

Quizá por eso aquellos álbumes familiares con treinta fotografías podían provocar conversaciones de horas.

No contenían toda la historia.

Nos ayudaban a contarla.

Guardamos algo más que información

Y aquí quiero volver al diente de mi mamá.

Porque un archivo digital y un diente guardado en una caja parecen cosas completamente diferentes.

Y lo son.

Pero psicológicamente podrían compartir una función: convertirse en una especie de puente hacia un momento, una persona o una versión de esa persona que ya cambió.

Por eso un objeto aparentemente insignificante puede adquirir un enorme valor emocional.

No porque el objeto tenga algo especial por sí mismo.

Sino porque nosotros sabemos qué historia contiene.

Una pulsera del hospital puede ser solamente plástico para cualquier otra persona.

Un mechón de cabello es cabello.

Un body que ya no le queda a un bebé es una prenda demasiado pequeña.

Y un video de quince segundos puede parecer completamente irrelevante para quien no conoce a las personas que aparecen en él.

Pero para nosotros pueden significar:

«Aquí todavía era así de pequeña.»

«Esta era su voz.»

«Así se reía.»

«Ese día hizo esto por primera vez.»

«Así éramos nosotros cuando ella llegó.»

Porque cuando guardamos recuerdos de nuestros hijos, quizá no estamos intentando conservar solamente quiénes eran ellos.

También estamos conservando quiénes éramos nosotros mientras los acompañábamos a crecer.

¿Y qué significa esto ahora que podemos fotografiar casi todo?

No creo que la respuesta sea dejar el celular y vivir cada momento como si tomar una fotografía automáticamente nos impidiera disfrutarlo.

Tampoco creo que necesitemos documentar cada segundo para demostrar que estuvimos presentes.

Quizá se trata de encontrar un punto medio.

Tomar la fotografía.

Grabar ese sonido que sabes que quieres volver a escuchar.

Guardar alguna cosa que para los demás parezca absurda pero para ti tenga una historia.

Y también, algunas veces, dejar la cámara.

Porque existe una diferencia entre guardar un momento y vivir intentando documentarlo todo.

La tecnología puede ayudarnos a conservar muchísimo.

Pero todavía somos nosotros quienes decidimos qué significado tendrán esos archivos.

Quizá por eso también vale la pena hacer algo que parece muy sencillo: volver a mirar las fotografías, seleccionar algunas, imprimir nuestras favoritas, escribir una fecha, contarle a nuestros hijos qué estaba ocurriendo o hacer álbumes que conviertan miles de archivos aislados en historias familiares.

Porque una fotografía guardada en una nube puede sobrevivir muchos años.

Pero una fotografía acompañada de una historia puede convertirse en memoria familiar.

No quiero apurar el tiempo

Hace poco, el papá de Alessa me dijo que no le gusta cuando alguien nos recuerda que llegará el día en que ella ya no querrá salir siempre con nosotros porque habrá crecido.

No porque no quiera que crezca.

Sino porque no quiere apurar el tiempo.

Quiere disfrutar cada etapa mientras está sucediendo.

Y yo pienso lo mismo.

Hace poco encontré una frase que planteaba algo que me gustó mucho: si construimos una buena relación con nuestros hijos, quizá dentro de treinta años quieran seguir regresando a casa, ahora con sus propias vidas y, si deciden tenerlos, tal vez con sus hijos.

No sé cómo será nuestra vida dentro de treinta años.

Tampoco puedo saber quién decidirá ser Alessa.

Y precisamente por eso no quiero convertir el futuro en una expectativa que ella tenga que cumplir.

Lo único que puedo hacer es disfrutar quién es hoy.

Tal vez dentro de treinta años veamos las fotografías que su papá le tomó durante su primer año.

Quizá se ría de nuestra ropa.

De nuestra casa.

De las cosas que hacíamos.

Quizá encuentre videos que nosotros habíamos olvidado por completo.

O tal vez un día nos pregunte por qué guardamos alguna cosa aparentemente absurda de cuando era bebé.

Y entonces creo que entenderé perfectamente a mi mamá.

Cada generación encuentra una manera de guardar la infancia

Tal vez mi mamá guardó dientes.

Mi papá intentó guardar nuestras voces en cintas de video.

Nosotros tenemos miles de fotografías de Alessa almacenadas en dispositivos que probablemente serán obsoletos cuando ella sea adulta.

Y quizá Alessa tendrá algún día una tecnología para conservar recuerdos que nosotros ni siquiera podemos imaginar.

Las herramientas cambian.

Lo que no parece cambiar tanto es ese deseo profundamente humano de conservar algo de las personas que amamos mientras sabemos que el tiempo continúa avanzando.

No podemos guardar una infancia completa.

Ni siquiera con miles de fotografías.

No podemos detener una etapa.

Y quizá tampoco deberíamos intentarlo.

Pero podemos conservar algunas huellas.

Un diente.

Un mechón de cabello.

Una fotografía.

Una voz.

Un video de una carcajada.

Una historia que alguien recuerda aunque la cinta original se haya perdido.

Porque quizá los recuerdos familiares nunca han vivido únicamente en los objetos donde intentamos guardarlos.

También viven en las historias que seguimos contando sobre ellos.

Así que hoy no me parece tan extraño que mi mamá haya guardado nuestros dientes.

Bueno… lo del anillo con mi propio diente me sigue pareciendo un poquito extraño.

Pero ahora entiendo mejor lo que probablemente había detrás.

Y mientras veo la cantidad absurda de fotografías de Alessa que tenemos, me pregunto si algún día ella también se reirá de nosotros.

Ojalá que sí.

Y ojalá que, después de reírse, pueda mirar alguna de esas fotografías y comprender algo muy sencillo: que mientras ella estaba ocupada creciendo, nosotros estábamos intentando recordar cómo se sentía verla hacerlo.

Y tú, ¿qué estás guardando hoy que quizá dentro de muchos años te devuelva, aunque sea por un instante, a esta versión de tu hijo y a esta versión de ti?

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