Un perro y la bebé en casa: Conciliar las necesidades de la mascota, la culpa y el cansancio materno

Cuando llegó Alessa, no nos convertimos en una familia de tres. Ya éramos tres. Tuvimos que aprender a ser cuatro.

Ozzy llegó a nuestra familia en diciembre de 2024. Desde entonces, salíamos a caminar todos los días y, los fines de semana, a correr.

Cuando me embaracé, las náuseas y el malestar estomacal hicieron difíciles los primeros meses. Sin embargo, salir de casa y mantenerme en movimiento me ayudaba a sentirme mejor. Durante las primeras semanas sustituí las carreras por caminatas, siguiendo las indicaciones que recibí para mi embarazo. Después volví a correr durante un tiempo, hasta que, alrededor del quinto mes, preferí detenerme.

Las caminatas vespertinas con Ozzy se convirtieron entonces en nuestra rutina.

Hasta que llegó Alessa.

Cuando regresamos del hospital, la herida todavía me dolía, así que su papá fue quien se encargó de presentar a Ozzy y a Alessa. Antes de acercarse a ella, Ozzy corrió a saludarme. Estaba emocionado y yo también, pero tuve que pedirle que se calmara porque cualquier movimiento brusco me lastimaba.

No puedo saber cómo interpretó la presencia de aquel bebé que, de pronto, ocupaba nuestros brazos, producía sonidos desconocidos y transformaba los horarios de la casa. A veces bromeamos con que todavía no decide si Alessa es su amiga o su enemiga.

En realidad, probablemente todos estábamos tratando de comprender lo mismo: qué lugar ocuparíamos dentro de esta nueva familia.

La llegada de un bebé no incorpora simplemente a una persona más. Modifica los horarios, el descanso, los sonidos, los olores y la distribución de la atención.

Para un perro, esos cambios pueden ser desconcertantes. Algunas conductas que interpretamos como celos pueden estar relacionadas con excitación, estrés, incertidumbre o dificultad para adaptarse a una rutina diferente. No podemos conocer exactamente qué siente Ozzy, pero sí podemos observar cómo responde y ayudarlo a relacionar la presencia de Alessa con experiencias tranquilas y predecibles.

Para mí, la transformación también fue profunda.

Conforme pasaron los días, comencé a salir nuevamente a la tienda, pero ya no iba sola: me colocaba a Alessa en el fular y Ozzy nos acompañaba. En otros momentos, cuando ella se quedaba con su papá, Ozzy y yo aprovechábamos para hacer una salida rápida, como antes.

Ahora caminamos los tres por las tardes. Poco a poco, los recorridos se han vuelto más tranquilos. En algunas ocasiones otros perros le ladran y él regresa hacia mí. Alessa, hasta ahora, no ha llorado cuando sucede. Es solo una observación de nuestra experiencia, no una prueba de que se sienta cómoda en todas las situaciones ni de que todos los bebés reaccionen de la misma manera.

Todo ha ido tomando su cauce.

La rutina no volvió a ser la misma. Estamos construyendo otra.

La relación entre los animales de compañía y la salud mental durante el embarazo y el posparto es un campo que todavía necesita más investigación.

Una revisión narrativa publicada en 2021 encontró que los animales pueden ocupar lugares distintos (e incluso aparentemente contradictorios) durante el periodo perinatal. Pueden ofrecer compañía, movimiento, estructura y cercanía emocional, pero sus necesidades también pueden convertirse en una demanda adicional cuando los recursos físicos y emocionales de la familia son limitados. Por eso no es correcto afirmar que tener una mascota beneficia siempre a las madres ni que necesariamente aumenta su estrés: el efecto depende del vínculo, del comportamiento del animal, del apoyo disponible y de las circunstancias de cada familia.

También es importante diferenciar la saturación cotidiana del agotamiento parental como fenómeno clínico. Sentir ocasionalmente que no queremos recibir otro estímulo, atender otra necesidad o ser tocadas una vez más no significa, por sí solo, que exista burnout. Sin embargo, una revisión sistemática de 2024 muestra que el agotamiento parental no depende únicamente de las características individuales: también se relaciona con las horas dedicadas al cuidado, la dinámica familiar, las exigencias acumuladas y el apoyo social disponible.

Eso ayuda a ponerle palabras a algo que he experimentado desde que nació Alessa.

Hay días en los que alimentar, cargar, consolar, vigilar y permanecer disponible durante tantas horas produce una especie de saturación. En esos momentos, incluso el cariño de Ozzy puede sentirse como otra solicitud dirigida hacia un cuerpo y una mente que ya recibieron demasiados estímulos.

A veces lo alejo, aunque haya permanecido a mi lado durante todo el día: cuando voy a la cocina, cuando camino hacia la sala o cuando paso dos horas sentada acompañando las siestas de Alessa.

No es que haya dejado de quererlo.

Es que querer a alguien no vuelve ilimitada nuestra capacidad para responder a todas sus necesidades.

Desde el comportamiento animal, las recomendaciones se concentran en introducir los cambios gradualmente, conservar cierta previsibilidad, reforzar las conductas tranquilas y no forzar la cercanía entre el perro y el bebé. La Escuela de Medicina Veterinaria de la Universidad de California en Davis también advierte que algunas señales de ansiedad o estrés suelen interpretarse erróneamente como celos.

Y hay una regla que no depende de lo bien que parezcan llevarse: un bebé nunca debe permanecer a solas con un perro. Toda interacción requiere la supervisión directa de una persona adulta.

Una precisión adicional sobre el ejercicio durante el embarazo: correr no está prohibido de manera universal durante las primeras doce semanas. En embarazos saludables y sin complicaciones, quienes corrían antes pueden, en muchos casos, continuar haciéndolo con las adaptaciones y la orientación profesional correspondientes. Por eso, en mi historia prefiero hablar de la decisión y de las indicaciones que recibí para mi embarazo, sin convertirlas en una recomendación aplicable a todas las mujeres.

La única vez que lloré durante el embarazo por algo relacionado con Ozzy fue el día que tuvimos que dejarlo en la guardería. Me preocupaba que se sintiera excluido.

Después nació Alessa y, durante mucho tiempo, sentí que aquello que tanto temía había sucedido.

El día sigue teniendo las mismas veinticuatro horas, pero mi atención ya no se distribuye de la misma manera. Ozzy continúa estando cerca de mí, aunque yo no siempre puedo responderle como antes. Algunas veces me busca cuando estoy demasiado cansada. Otras, sus movimientos, sus ladridos o su necesidad de contacto llegan cuando yo ya no tengo espacio para recibir un estímulo más.

Reconocerlo me produce culpa.

Pero la culpa no siempre demuestra que estemos haciendo algo mal. A veces aparece porque comparamos lo que hoy podemos ofrecer con lo que ofrecíamos en una vida que tenía demandas completamente distintas.

Ozzy no es solamente otra responsabilidad dentro de la casa. También está vinculado con una parte de mí que existía antes de la maternidad: la Samaria que salía a correr, que caminaba sin horarios, que jugaba con él a pelear y que podía dedicarle su atención sin dividirla.

Quizá por eso nuestra relación me importa tanto.

No representa únicamente lo que siento por él. También me recuerda que sigo siendo más que las tareas que realizo todos los días como mamá.

Adaptarse no significa intentar reproducir exactamente la vida anterior. Significa encontrar formas posibles de conservar el vínculo dentro de las condiciones actuales.

En nuestra familia, eso puede comenzar con acciones pequeñas:

  • Crear momentos predecibles con Ozzy. Una caminata breve, unos minutos de juego o un saludo tranquilo pueden ser más sostenibles que esperar a tener tiempo suficiente para hacer todo lo que hacíamos antes.
  • Distribuir su cuidado. Ozzy forma parte de la familia, por lo que su alimentación, sus paseos y su atención no deberían depender exclusivamente de mí. Pedir que otra persona asuma algunas tareas no vuelve menos valioso mi vínculo con él.
  • No forzar la relación con Alessa. La cercanía puede construirse gradualmente. Ozzy también necesita la posibilidad de alejarse, descansar y tener un espacio propio.
  • Observar antes de interpretar. Quedarse inmóvil, evitar el contacto, esconderse, jadear, caminar repetidamente, gruñir o mostrarse demasiado excitado pueden ser señales que conviene atender. Ante cambios importantes de conducta, lo adecuado es consultar con un profesional veterinario o especialista en comportamiento.
  • Reforzar la tranquilidad. Los encuentros calmados pueden acompañarse de palabras amables, juego o algún estímulo positivo para Ozzy, sin obligarlo a aproximarse.
  • Respetar mis propios límites sensoriales. Tomar distancia durante unos minutos no equivale a rechazarlo. En ocasiones es una forma de regularme para poder regresar con mayor disponibilidad.

Estas acciones no buscan construir una convivencia perfecta. Buscan reducir la incertidumbre y hacer la nueva rutina un poco más habitable para todos.

No sé qué comprende Ozzy de todo lo que ha cambiado.

Me gustaría que supiera que Alessa lo busca todas las mañanas cuando despierta y que sonríe al encontrarlo. Me gustaría que entendiera que, aunque ya no salgamos como antes, sigo agradeciendo que permanezca cerca de mí durante los días más largos.

También quisiera que supiera que extraño correr con él.

Espero que algún día podamos hacerlo nuevamente. Pero ya no quiero que todo vuelva a ser exactamente como era, porque nosotros tampoco somos los mismos.

Ahora estamos aprendiendo a caminar de otra manera.

Quizá el reto no sea recuperar intacta la vida que teníamos, sino construir una nueva en la que Alessa tenga su lugar, Ozzy conserve el suyo y yo no desaparezca detrás de la palabra mamá.

¿Cómo hacemos espacio para los vínculos que nos recuerdan quiénes éramos mientras descubrimos en quiénes nos estamos convirtiendo?

Nota: Este texto parte de una experiencia personal y no pretende generalizar la adaptación de todos los perros ni de todas las familias después del nacimiento de un bebé. El comportamiento de cada animal depende de múltiples factores. La convivencia entre bebés y perros requiere supervisión adulta permanente y, cuando existen señales de estrés, temor o agresividad, valoración profesional.

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