Sostener los vínculos en la maternidad: Entre la hermandad, el cuidado y las redes de apoyo

Sobre hermanas, redes de apoyo y las cosas que comprendemos de otra manera cuando nuestra propia vida cambia.

Tengo 5 sobrinos,3 son hijos de mi hermana.

Antes de que naciera Alessa, nuestras llamadas transcurrían entre gritos, risas, juegos y algún llanto de fondo. Pero, sobre todo, estaban atravesadas por recordatorios:

—Ya siéntense a comer.
—Dejen eso.
—No molestes a tu hermano.
—Hazme caso, por favor.

Una conversación aparentemente normal podía terminar de pronto con un:

—Adiós, no me hacen caso.

En otras ocasiones, alguno de mis sobrinos tomaba el teléfono y colgaba. Bueno, eso todavía sucede.

Al día siguiente, o varios días después, mi hermana y yo retomábamos la conversación desde donde la habíamos dejado. A veces yo pensaba: nunca podemos platicar tranquilas.

Entonces llegó Alessa.

Primero fueron las siestas. Si mi hermana llamaba mientras Alessa dormía, muchas veces no podía contestar. Después comenzó la alimentación complementaria y tampoco es fácil hablar mientras ella está sentada comiendo: yo necesito observarla, acompañarla y prestar atención a los alimentos que está conociendo.

Ahora, cuando Alessa me ve o me escucha hablar por teléfono, grita, intenta llamar mi atención o quiere participar a su manera.

Y un día pensé: Ahora ya estamos igual.

Fue entonces cuando comprendí que durante años había escuchado las interrupciones con mi hermana sin entender por completo lo que significaban.

Convertirse en madre no solamente incorpora nuevas tareas. También reorganiza la atención, el tiempo, las relaciones y hasta la manera en que sostenemos una conversación.

Una llamada telefónica puede parecer una actividad sencilla, pero cuidar a un bebé exige responder a señales que aparecen sin previo aviso: un cambio de postura mientras come, el inicio del sueño, un objeto que alcanza, un sonido distinto o una necesidad que todavía no puede expresar con palabras.

Por eso una conversación se interrumpe.

No necesariamente por falta de interés, cariño u organización. A veces, simplemente, porque en ese momento hay otra persona que necesita atención inmediata.

Antes de ser mamá, yo podía comprender racionalmente que mi hermana estaba ocupada. Sabía que tenía tres hijos y que una casa con niños rara vez permanece en silencio. Sin embargo, saberlo no era lo mismo que vivir la experiencia de intentar escuchar a alguien mientras otra parte de mi atención permanece pendiente de una bebé.

Eso no significa que solo las madres puedan comprender a otras madres. La empatía no exige haber vivido exactamente la misma experiencia. Sin embargo, nuestras propias transiciones pueden mostrarnos dimensiones que antes no alcanzábamos a percibir.

No descubrí que mi hermana tenía una vida demandante. Eso ya lo sabía.

Lo que cambió fue mi interpretación: dejé de escuchar las interrupciones como obstáculos para nuestra conversación y comencé a reconocerlas como parte del trabajo cotidiano que ella estaba realizando mientras intentaba seguir presente en mi vida.

La transición a la maternidad no ocurre de manera aislada. También transforma la identidad y las relaciones familiares.

Una metasíntesis que reunió 36 estudios de 15 países y las experiencias de más de 800 mujeres encontró que, durante el posparto, las mujeres no solo buscan recuperarse físicamente o aprender a atender a sus bebés. También necesitan adaptarse a una nueva identidad, desarrollar confianza en sí mismas y reorganizar sus relaciones familiares mientras construyen una nueva normalidad.

Esta reorganización sucede dentro de una red.

Una revisión sistemática sobre apoyo social durante el periodo perinatal encontró que un apoyo insuficiente por parte de la pareja, la familia y las amistades se relacionaba con mayor riesgo de síntomas de depresión y ansiedad. Esto no significa que una llamada familiar prevenga por sí sola un problema de salud mental. Significa que sentirse escuchada, acompañada y respaldada forma parte de las condiciones sociales que pueden facilitar la adaptación a la maternidad.

El apoyo, además, no siempre adopta la forma de una conversación profunda y sin interrupciones. Puede aparecer como una llamada de cinco minutos, un mensaje que no exige respuesta inmediata, alguien que escucha sin intentar resolver o una conversación que puede continuar varios días después.

Los vínculos entre hermanos también cambian a lo largo de la vida. Tener hijos, formar una pareja, mudarse o asumir el cuidado de los padres son transiciones que pueden acercar a los hermanos, distanciarlos o llevarlos a renegociar su relación. Una revisión sistemática de 2024 sobre relaciones entre hermanos en familias latinas encontró asociaciones entre ciertos valores familiares (como la cercanía, el apoyo y el sentido de responsabilidad hacia la familia) y una mayor intimidad entre hermanos. Sin embargo, la revisión incluyó pocos estudios y se concentró principalmente en familias mexicoamericanas, por lo que no permite generalizar sus resultados a todas las familias mexicanas.

En México, las redes familiares también participan de forma importante en el cuidado. La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados 2022 estimó que 31.7 millones de personas brindaban cuidados dentro o fuera de su hogar y que el 75.1 % eran mujeres. Entre las niñas y los niños de cero a cinco años, la madre era la cuidadora principal en el 86.3 % de los casos y la abuela en el 7.6 %.

Estos datos no describen a cada familia ni nos dicen cómo se sienten quienes participan en el cuidado. Sí muestran que la maternidad rara vez se sostiene completamente en solitario: alrededor de una niña o un niño suele existir una red de personas que acompaña, releva, escucha o permanece al pendiente.

Desde hace años, las conversaciones con mi hermana son diferentes. Ahora las dos sabemos que pueden quedar a la mitad, continuar mediante mensajes o retomarse cuando alguna encuentre un momento disponible.

Hemos aprendido a hablar rápido, entre gritos y con pausas que no siempre anunciamos.

Pero nunca hemos dejado de hablar.

Actualmente, nuestras conversaciones más tranquilas suelen ocurrir de camino a casa después del trabajo. Algo parecido sucede con mi hermano. También con mis papás, quienes ahora son abuelos cuidadores y tienen sus propios días de babysitting.

Nuestros horarios familiares parecen una especie de rompecabezas: hablamos cuando alguien va en el automóvil, cuando un bebé duerme, cuando los niños están ocupados o cuando otra persona puede asumir el cuidado durante unos minutos o entre gritos. 

Durante mucho tiempo pensé que una buena conversación necesitaba silencio, tiempo y un principio y un final claro. 

Ahora sé que algunas relaciones se sostienen de otra manera.

La continuidad no siempre consiste en terminar una conversación. A veces consiste en saber que podemos regresar a ella.

También he pensado mucho en la hermandad.

Creo que ser hermanos va mucho más allá de haber compartido una casa o una infancia. Es acompañarse mientras cada uno atraviesa distintas versiones de sí mismo: cuando todavía dependemos de nuestros padres, cuando comenzamos a tomar decisiones propias, cuando formamos una familia o cuando llegamos a una etapa en la que se supone que ya deberíamos saber qué hacer.

Hace poco leí una frase que decía algo parecido a esto:

Cuando alcanzas la edad que tenían tus padres, descubres que ellos tampoco sabían siempre qué hacer.

Ahora que soy mamá, esa idea tiene un significado distinto.

Antes observaba a mis papás y pensaba que sabían lo que hacían porque eran adultos. Ahora entiendo que probablemente tomaron muchas decisiones mientras aprendían, dudaban y trataban de responder con los recursos que tenían.

Eso no significa que todos sus aciertos o errores deban justificarse. Significa reconocer que la adultez no llega acompañada de una certeza permanente.

La diferencia es que ahora, mientras yo intento descubrir qué sigue, todavía los tengo a ellos.

Los tengo como padres, como abuelos de Alessa y como parte de esa red que sigue transformándose junto con nosotros.

No todas las familias tienen vínculos cercanos ni todas las hermanas pueden convertirse en una fuente de apoyo. Tampoco deberíamos asumir que la familia sabe automáticamente qué necesitamos. El acompañamiento también requiere comunicación, límites y disponibilidad real.

Cuando el tiempo y la atención son escasos, podemos intentar formas de conexión más compatibles con la vida cotidiana:

  • Dejar de exigir que todas las conversaciones terminen. Una pausa no necesariamente es rechazo. Podemos retomarlas cuando existan mejores condiciones.
  • Utilizar formas de comunicación asincrónica. Los mensajes escritos o de voz permiten escuchar y responder cuando la otra persona tiene disponibilidad.
  • Preguntar qué tipo de apoyo sería útil. Escuchar, acompañar, cuidar durante un momento o resolver una tarea son necesidades diferentes.
  • Crear pequeños momentos predecibles. Si el trayecto después del trabajo es el momento más tranquilo, puede convertirse en un espacio habitual de encuentro, sin exigir que siempre ocurra.
  • Evitar medir la cercanía únicamente por el tiempo disponible. Algunas etapas reducen la frecuencia o la duración de las conversaciones sin disminuir necesariamente el cariño.
  • Reconocer a quienes participan en los cuidados. Los abuelos, hermanos y otras personas de la red también tienen horarios, cansancio y límites. Acompañar no debería implicar que una sola persona permanezca disponible todo el tiempo.

No se trata de convertir cada intercambio familiar en una estrategia psicológica. Se trata de diseñar maneras de permanecer presentes que no dependan de esperar el momento perfecto.

Porque, con niños pequeños, ese momento quizá no llegue.

Antes pensaba que mi hermana y yo nunca podíamos terminar una conversación.

Ahora me doy cuenta de que llevamos años sosteniendo una sola conversación muy larga: una que se interrumpe por comidas, llantos, trabajo, siestas, juegos y llamadas colgadas accidentalmente por alguno de mis sobrinos.

Una conversación que cambia porque nosotras también hemos cambiado.

La maternidad no me enseñó todo lo que vive mi hermana. Sus circunstancias, sus hijos y su historia son distintos de los míos. Pero sí me permitió regresar a escenas que antes miraba desde fuera y comprenderlas desde otro lugar.

Hoy sé que cuando me decía “adiós, no me hacen caso”, no estaba dejando de hablar conmigo. Estaba intentando atender a sus hijos sin desaparecer como hermana.

Ahora somos las dos quienes dejamos frases incompletas, contestamos tarde y hablamos entre gritos.

Y, aun así, seguimos regresando.

Tal vez la hermandad no consista solamente en haber crecido juntas. Tal vez también consista en seguir reconociéndonos cuando la vida nos transforma y ninguna sabe con certeza qué viene después.

¿Cuántas veces hemos confundido una conversación interrumpida con falta de interés, cuando en realidad era una vida desbordada haciendo todo lo posible por no soltar el vínculo?

Nota: Esta reflexión parte de una experiencia personal y no pretende presentar a todas las familias como redes de apoyo. Los vínculos entre hermanos, padres e hijos son diversos y pueden incluir cercanía, conflicto, distancia o ausencia. La evidencia mencionada ofrece un marco para comprender el valor del apoyo social durante la maternidad, no una obligación de conservar relaciones que resulten dañinas.

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