Crianza sin roles de género: Cómo educar en la responsabilidad y el respeto

La responsabilidad no tiene género: lo que el caso Cornell nos obliga a preguntarnos sobre la crianza

Educar en igualdad no consiste solamente en criar niñas capaces de defenderse, sino en formar personas capaces de respetar, intervenir y responder por sus decisiones.

Cuando leí Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo, de Chimamanda Ngozi Adichie, pensé que, aunque el libro fue escrito como una serie de sugerencias para educar a una niña, muchas de sus reflexiones también deberían formar parte de la educación de los niños.

Adichie cuestiona la manera en que enseñamos a las niñas qué pueden hacer, cómo deben comportarse y cuál es el lugar que supuestamente les corresponde. Pero mientras leía, pensé que educar sin roles de género no consiste solamente en ampliar las posibilidades de las niñas. También implica revisar los permisos, privilegios y limitaciones con los que educamos a los niños.

En mi casa, las responsabilidades no se distribuían simplemente según fueras mujer u hombre. Se hacían de acuerdo con las capacidades, los gustos y las posibilidades de cada persona.

Mi papá ama cocinar, pero no le gusta barrer. Mi mamá ama trabajar, disfruta la política, es muy valiente y no le gusta cocinar.

Al crecer con esos ejemplos, aprendí que ninguna cualidad pertenece exclusivamente a un género. Cocinar no hace menos hombre a un niño, así como ser ambiciosa, valiente o estar interesada en la política no hace menos mujer a una niña.

Los roles de género no solamente distribuyen tareas: también pueden limitar las cualidades que permitimos desarrollar.

Pensé nuevamente en esto al leer sobre el caso Cornell.

Una exalumna de la Universidad de Cornell presentó una demanda en la que acusa a siete estudiantes de haber participado en una agresión sexual mientras ella se encontraba incapacitada. Los señalados han negado las acusaciones y, hasta ahora, el caso no cuenta con una sentencia penal. La fiscalía decidió volver a examinarlo y la propia universidad ha informado que su investigación interna derivó en suspensiones y expulsiones, además del cierre de la fraternidad involucrada.

El caso sí ha abierto una pregunta que va más allá de esas personas:

¿Qué significa educar a nuestros hijos para que no solamente sepan identificar una injusticia, sino que también sean capaces de detenerla aunque quienes la cometan sean sus amigos?

La socialización de género es el proceso mediante el cual aprendemos qué comportamientos, intereses, emociones y responsabilidades se consideran apropiados para mujeres y hombres.

Comienza desde los primeros años y ocurre dentro de la familia, pero también en la escuela, entre amistades, mediante los juguetes, los medios de comunicación, las redes sociales y las instituciones. UNICEF señala que los niños comienzan a incorporar muy pronto las normas de género presentes en su entorno.

Estas normas aparecen en situaciones que pueden parecer pequeñas:

A ellas se les pide ayudar a servir la comida; a ellos se les permite continuar jugando.

A ellas se les enseña a tener cuidado; de ellos se dice que “así son los niños”.

A ellas se les exige ser consideradas y responsables; a ellos se les perdonan la brusquedad o la falta de cuidado.

A ellas se les permite llorar, pero se desaprueba su enojo; a ellos se les tolera el enojo, pero se ridiculiza su tristeza o su miedo.

A ellas se les enseña a evitar el peligro; a ellos no siempre se les enseña con la misma claridad a reconocer los límites de otras personas.

Por separado, ninguna de estas conductas explica que alguien ejerza violencia. Sería incorrecto afirmar que un niño desarrollará una conducta violenta porque no le enseñaron a cocinar, expresar tristeza o colaborar en casa.

El problema aparece cuando esas experiencias forman parte de un sistema más amplio que enseña que cuidar es femenino, que dominar demuestra masculinidad, que insistir es una forma legítima de conquistar o que la lealtad hacia los amigos importa más que detener una injusticia.

Los roles de género no determinan automáticamente la conducta, pero sí construyen expectativas sobre quién debe cuidar, quién puede mandar, quién tiene que ceder y quién merece ser escuchado.

La investigación sobre socialización de género coincide en que los niños no aprenden únicamente de lo que los adultos les dicen. También observan cómo se distribuyen realmente el poder, las decisiones, el trabajo doméstico y las responsabilidades dentro de su hogar.

Un estudio longitudinal encontró que las prácticas cotidianas de madres y padres predecían mejor las actitudes de género de sus hijos que las ideas igualitarias que los adultos afirmaban tener. Es decir, no basta con decir que mujeres y hombres son iguales si los niños observan que una sola persona cocina, limpia, cuida, organiza y renuncia a su tiempo.

Esto conecta con una de las ideas más importantes de Querida Ijeawele: la igualdad no se enseña únicamente mediante discursos. También se aprende al observar cómo viven los adultos.

Adichie cuestiona, entre otras cosas, la idea de que las mujeres están naturalmente destinadas al trabajo doméstico o que un hombre puede “permitir” que una mujer desarrolle una carrera. Su propuesta busca ampliar las posibilidades de las niñas y mostrarles que sus intereses no deben estar determinados por su género.

Pero esta reflexión puede extenderse a todos los hijos.

Cuando un niño aprende a cocinar, limpiar, escuchar, pedir ayuda y cuidar a otras personas, no solamente adquiere habilidades domésticas. También aprende que sus necesidades no tienen que ser atendidas siempre por una mujer y que participar en el cuidado es parte de la vida compartida.

Cuando una niña aprende a expresar desacuerdo, tomar decisiones, explorar intereses tradicionalmente masculinizados y reconocer sus propios límites, no solamente adquiere independencia. Aprende que no tiene que hacerse pequeña para resultar aceptable.

No obstante, prevenir la violencia sexual requiere mucho más que repartir equitativamente las tareas de la casa. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos explican que esta violencia debe entenderse mediante un modelo que contempla factores individuales, familiares, comunitarios y sociales. Entre sus estrategias de prevención se encuentran cuestionar las normas que justifican la violencia, enseñar habilidades socioemocionales, hablar de consentimiento, promover relaciones respetuosas, formar a los jóvenes para intervenir como observadores y construir instituciones capaces de proteger y responder.

Esta perspectiva permite evitar dos simplificaciones.

La primera es pensar que una madre o un padre pueden garantizar, mediante una crianza perfecta, que su hijo nunca causará daño. Ninguna familia controla todo lo que una persona aprende ni todas las decisiones que tomará durante su vida.

La segunda es asumir que las familias no tienen ninguna influencia. Lo que se permite, se corrige, se modela y se conversa dentro de una casa sí contribuye a formar criterios sobre el poder, el cuidado y la responsabilidad.

El caso Cornell no me hace pensar únicamente en cómo protegemos a nuestras hijas.

Me hace pensar en lo que enseñamos a todos nuestros hijos.

Durante mucho tiempo, gran parte de la prevención de la violencia sexual se ha dirigido hacia las mujeres: cuidar su bebida, no caminar solas, avisar dónde están, vigilar su ropa, no confiar demasiado y aprender a detectar riesgos.

Muchas de estas medidas pueden responder a peligros reales. El problema aparece cuando toda la responsabilidad preventiva recae en quien podría ser agredida, mientras dedicamos menos tiempo a enseñar a otros a no aprovecharse de una persona vulnerable, a reconocer un consentimiento imposible o retirado y a intervenir cuando alguien está en riesgo.

No deberíamos criar a las niñas pensando que serán inevitablemente víctimas ni a los niños mirándolos como futuros agresores.

Podemos educar a ambos como personas con capacidad para cuidar, poner límites, respetar los límites ajenos, cuestionar a sus amistades y hacerse responsables de sus decisiones.

Eso también implica no asumir que nuestros hijos siempre serán “los buenos”.

Amarlos no significa creer que son incapaces de equivocarse o causar daño. Significa ofrecerles principios y herramientas, corregirlos cuando sea necesario y no proteger su reputación a costa de otra persona.

Cuando sean adultos, sus decisiones serán su responsabilidad. La nuestra habrá sido proporcionar una educación que no confundiera amor con impunidad.

Educar sin roles rígidos de género puede traducirse en prácticas cotidianas:

  • Distribuir las responsabilidades por edad y capacidad
  • Cocinar, limpiar, ordenar, reparar, cuidar y administrar no son tareas de mujeres o de hombres. Son habilidades necesarias para la autonomía.

No se trata de que todos hagan exactamente lo mismo, sino de evitar que una persona reciba menos responsabilidades o más servicio por razón de su género.

Modelar aquello que queremos enseñar

Los hijos observan quién interrumpe, quién pide disculpas, quién toma las decisiones, quién descansa y quién se anticipa a las necesidades de los demás.

Podemos hablar de igualdad, pero la distribución cotidiana del poder y del trabajo transmite un mensaje más profundo.

Permitir todas las emociones

Los niños necesitan aprender a reconocer tristeza, miedo, vergüenza, ternura y vulnerabilidad sin sentir que eso amenaza su identidad. Las niñas también necesitan saber que pueden expresar enojo, ambición y desacuerdo sin ser consideradas problemáticas.

La regulación emocional no consiste en reprimir lo que sentimos, sino en aprender a expresarlo sin dañarnos ni dañar a otras personas.

Enseñar consentimiento desde la vida cotidiana

El consentimiento no empieza con las relaciones sexuales. Comienza cuando respetamos que un niño no quiera dar un beso, cuando pedimos permiso antes de tocar su cuerpo y cuando dejamos de hacerle cosquillas después de que dice “basta”.

Más adelante será necesario hablar claramente sobre consentimiento sexual: debe ser libre, informado, reversible y estar presente durante toda la interacción. El silencio, la presión, el miedo o la incapacidad para decidir no equivalen a consentir.

Enseñar a intervenir

No basta con enseñar “yo nunca haría eso”. También debemos hablar sobre qué hacer cuando un amigo humilla, acosa, presiona o pone en peligro a otra persona.

La intervención puede adoptar distintas formas: confrontar directamente si es seguro, distraer para interrumpir la situación, pedir ayuda a alguien con mayor capacidad de actuar o acompañar posteriormente a la persona afectada.

La evidencia disponible indica que los programas de intervención de observadores pueden aumentar la disposición y la capacidad de actuar, y algunos han mostrado reducciones en diferentes formas de violencia.

Practicar la responsabilidad sin humillación

Cuando un hijo causa daño, la respuesta no debería reducirse a defenderlo automáticamente ni a etiquetarlo para siempre como una mala persona.

Responsabilizar significa reconocer lo sucedido, escuchar a quien fue afectado, reparar cuando sea posible, aceptar consecuencias y modificar la conducta. La vergüenza puede llevar a ocultar; la responsabilidad exige mirar de frente.

Los roles de género pueden parecer asuntos pequeños cuando aparecen en forma de colores, juguetes o tareas domésticas. Pero también enseñan quién cuida y quién es cuidado, quién puede ocupar espacio, quién debe ceder y quién aprende a sentirse con derecho sobre los demás.

En mi casa aprendí que cocinar no era una cualidad femenina porque a mi papá le gustaba hacerlo. Aprendí que el trabajo, la valentía y la política no pertenecían a los hombres porque también veía esas cualidades en mi mamá.

Con el tiempo he entendido que educar sin roles de género no consiste solamente en permitir que cada hijo descubra lo que le gusta.

También significa formar personas capaces de vivir con otras sin esperar obediencia, servicio o silencio.

No podemos controlar todas las decisiones que tomarán nuestros hijos. Tampoco podemos educarlos fuera de la sociedad, de sus amistades o de las instituciones a las que pertenecerán.

Pero sí podemos preguntarnos qué estamos modelando, qué conductas disculpamos y qué herramientas les ofrecemos para actuar cuando nadie más parece dispuesto a hacerlo.

Quizá la pregunta no sea únicamente cómo criar niñas fuertes o niños respetuosos.

La pregunta podría ser:

¿Cómo educamos personas capaces de reconocer la humanidad de los demás, incluso cuando hacerlo implique enfrentarse a sus propios amigos?

Porque educar en igualdad no consiste solamente en preparar a nuestras hijas para defenderse del mundo.

También consiste en formar hijos e hijas que no contribuyan a construir un mundo del que otras personas tengan que defenderse.

Nota editorial: Este texto toma el caso Cornell como punto de partida para una reflexión sobre socialización de género y prevención. No busca establecer la responsabilidad jurídica de las personas señaladas ni atribuir sus actos a la crianza recibida. Las acusaciones forman parte de un proceso todavía abierto.

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