Cómo acercarnos a un dolor que no hemos vivido sin minimizarlo, explicarlo ni exigirle una forma determinada
A mi tía, por Emilio y Max.
Por el dolor que has tenido que atravesar, por el amor que permanece y por todo aquello que quizá no siempre he sabido comprender ni acompañar.
Este texto nace también de reconocer cuánto necesito aprender para acercarme a tu experiencia con mayor sensibilidad, respeto y presencia.
Esta entrada no nace de algo que yo haya vivido.
Nace de reconocer una limitación: he escuchado a otras madres hablar sobre la pérdida de un embarazo y no siempre he sabido cómo responder.
Quizá nadie nos enseña qué decir frente al dolor de otra persona. Nos incomoda el silencio, queremos ofrecer esperanza y buscamos alguna frase que haga más soportable lo ocurrido. Sin embargo, en ese intento también podemos terminar minimizando una experiencia cuyo significado desconocemos.
La maternidad puede transformar el cuerpo, la identidad, el tiempo, las relaciones y la forma de imaginar el futuro. Algunas mujeres describen ciertos cambios como pérdidas simbólicas. Pero la pérdida de un embarazo es una experiencia distinta y merece ser comprendida en sus propios términos, sin comparaciones.
Yo no puedo explicar cómo se siente.
Sí puedo preguntarme por qué sabemos tan poco sobre ella y qué necesitamos aprender para acompañar sin lastimar.
El duelo gestacional comprende las respuestas emocionales, cognitivas, físicas y sociales que pueden aparecer después de la pérdida de un embarazo.
No todas las mujeres lo viven de la misma manera. Pueden presentarse tristeza, enojo, culpa, confusión, sensación de vacío, alivio, entumecimiento emocional o sentimientos contradictorios. También puede haber mujeres que no se identifiquen con la palabra duelo.
Ninguna respuesta aislada permite determinar cuánto significó el embarazo para una persona.
También es importante distinguir algunos conceptos. En este artículo utilizo pérdida gestacional para referirme a la pérdida ocurrida durante el embarazo. El término pérdida perinatal suele emplearse de una manera más amplia e incluir pérdidas gestacionales, muertes fetales y muertes neonatales, pero sus límites cambian según el país, la institución y el propósito clínico o estadístico. Por eso no sería preciso afirmar que toda muerte ocurrida antes del primer año de vida se considera perinatal. Incluso las definiciones de aborto espontáneo y muerte fetal varían entre sistemas sanitarios.
La edad gestacional es necesaria para la atención médica, pero no funciona como una medida universal del vínculo ni del dolor.
Para algunas mujeres, el embarazo ya había comenzado a ocupar un lugar importante en su vida. Podían haber imaginado un nombre, un rostro, cumpleaños, celebraciones o una nueva organización familiar. Cuando el embarazo termina, no solamente puede perderse aquello que existía en el presente, sino también una parte del futuro que había comenzado a construirse.
Mi tía, me explicó algo que yo todavía no había logrado enteder:
“Cada dolor fue diferente y único. Día con día pienso en ellos. […] Duele, y duele mucho. Aun después de cuatro años hay cosas que me cuesta afrontar, pero sé que hay un camino lindo para mí”.
Tal vez sus palabras no representan todas las experiencias de pérdida gestacional. Representan la suya.
También muestran algo importante: Emilio y Max no constituyen una sola pérdida indistinguible. Cada uno ocupa un lugar propio en su memoria y cada ausencia ha producido un dolor diferente.
Mi tía también me habló de los sueños y pensamientos que tendría si ellos estuvieran aquí, del amor que sabe que habría sentido por cada uno y del recuerdo físico que lleva consigo todos los días. Al mismo tiempo, reconoce el amor que tiene para Paulo y para sus sobrinos, así como la posibilidad de construir un camino valioso para ella.
Una experiencia no cancela la otra. Imaginar un futuro no exige olvidar el pasado, y amar a quienes están presentes no sustituye a quienes no pudieron quedarse.
El vínculo puede continuar después de la pérdida
Durante mucho tiempo se pensó que atravesar un duelo significaba desprenderse emocionalmente de quien había muerto. Las perspectivas contemporáneas reconocen que algunas personas mantienen lo que se conoce como un vínculo continuo: una relación interior que puede expresarse mediante recuerdos, nombres, pensamientos, rituales, objetos o acciones significativas.
Mantener este vínculo no significa necesariamente que una persona se haya quedado detenida en su duelo. Tampoco implica que recordar siempre resulte reconfortante. El vínculo puede despertar consuelo y dolor, y su significado depende de cada historia.
En 1989, el investigador Kenneth J. Doka propuso el concepto de duelo socialmente no autorizado para describir aquellas pérdidas que no reciben suficiente reconocimiento, legitimidad o apoyo social.
No es un diagnóstico. Es un marco que permite comprender lo que puede suceder cuando una persona experimenta una pérdida, pero su entorno no le concede plenamente el derecho a expresarla.
En una pérdida gestacional, esta desautorización puede aparecer mediante frases como:
“Todavía era muy pequeño”.
“Al menos sabes que puedes embarazarte”.
“Ya tendrás otra oportunidad”.
“Todo ocurre por alguna razón”.
Estas palabras pueden surgir de una intención genuina de consolar. Sin embargo, también pueden comunicar que la pérdida debería doler menos, que puede ser sustituida por otro embarazo o que ha llegado el momento de mirar hacia adelante.
La intención de consolar no siempre coincide con la experiencia de sentirse acompañada.
Una revisión sistemática publicada en 2022 encontró que, en conjunto, las mujeres que habían vivido una pérdida perinatal presentaban mayores niveles de ansiedad y depresión que aquellas sin antecedentes de pérdida. Esto no significa que todas desarrollarán un problema de salud mental, sino que algunas pueden necesitar atención y seguimiento más allá de la recuperación física.
Otra revisión sistemática, publicada por Zhang y colaboradores en 2024, reunió diez estudios sobre duelo complicado después de pérdidas perinatales. Identificó manifestaciones emocionales, físicas y sociales, así como la posible influencia de las relaciones de pareja, el apoyo social, las experiencias reproductivas y las formas de afrontamiento. Los autores también señalaron que la evidencia sigue siendo limitada y heterogénea.
Esta precaución es importante: sentir un dolor intenso no equivale automáticamente a tener un trastorno. El duelo necesita ser reconocido antes de ser clasificado. No patologizarlo no significa ignorar a quienes presentan un sufrimiento persistente que interfiere profundamente con su vida y requiere acompañamiento profesional.
Una revisión teórica de Killikelly y colaboradores, publicada en 2026, propone estudiar el duelo perinatal como una experiencia que involucra simultáneamente la mente, el cerebro y el cuerpo. Explora la posible participación de los sistemas de estrés, los cambios neuroendocrinos y la regulación emocional, pero se trata de un campo todavía en desarrollo. Sus planteamientos no permiten reducir el duelo a “un problema hormonal” ni asumir que todas las mujeres responderán del mismo modo.
La investigación también permite comprender los vínculos que permanecen. Una revisión sistemática de 79 estudios encontró que los vínculos continuos pueden intervenir en la reconstrucción de significado, la identidad y la transformación de la relación con quien murió. También pueden producir tanto consuelo como sufrimiento; por ello, no deben clasificarse automáticamente como positivos o negativos (Hewson et al., 2024).
En un estudio con 980 madres y padres que habían vivido una pérdida durante el embarazo o poco después del nacimiento, la mayoría describió alguna forma de vínculo continuo, aunque su expresión y su relación con el duelo variaron según la experiencia de cada familia (Brintow et al., 2024).
Esto permite comprender por qué pensar en Emilio y Max después de cuatro años. El tiempo puede transformar el dolor sin borrar el lugar que cada hijo ocupa.
Algo similar ocurre con el apoyo entre pares. Compartir un espacio con personas que han vivido pérdidas semejantes puede ofrecer reconocimiento, lenguaje y conexión. Sin embargo, una revisión sistemática de 2026 no encontró estudios suficientemente sólidos para determinar la eficacia específica de estas intervenciones después de un aborto espontáneo. Esto no significa que los grupos no ayuden, sino que aún falta investigación rigurosa para saber qué modalidades funcionan, para quiénes y en qué circunstancias.
La evidencia, por tanto, no ofrece una fórmula universal. Sí deja una conclusión importante: la respuesta emocional depende de múltiples factores y no puede deducirse únicamente de las semanas de embarazo, del tiempo transcurrido ni de los objetos que una familia conserve.
No haber vivido una pérdida gestacional limita lo que puedo afirmar sobre ella, pero no elimina mi responsabilidad de aprender.
Durante mucho tiempo pensé que acompañar consistía en encontrar las palabras correctas. Ahora entiendo que quizá comienza en otro lugar: en aceptar que no tengo una explicación capaz de reparar lo ocurrido.
No necesito saber exactamente cómo se siente una mujer para reconocer que su dolor existe.
Tampoco necesito decidir si debe llamar bebé, embarazo, hijo, hija o pérdida a lo que vivió. Puedo escuchar el lenguaje que ella elija y utilizarlo con respeto.
Escuchar a mi tía también modificó mi comprensión de este tema. Yo había pensado principalmente en la ausencia y en el futuro que dejó de suceder. Ella me mostró que, junto a la ausencia, puede permanecer una relación: pensar en Emilio y Max, nombrarlos, imaginar cuánto amor habría sentido por ellos y llevar consigo algo que los representa.
También me dijo que no conserva fotografías de ellos porque, en aquel momento, simplemente no tenía cabeza para tomarlas.
Quizá lo más difícil de acompañar sea renunciar al deseo de cerrar la conversación con una enseñanza, una explicación o una promesa de que todo estará bien.
A veces, la respuesta más honesta puede ser: “No sé qué decir, pero estoy aquí”.
Acompañar no requiere pronunciar una frase perfecta. Puede comenzar con acciones sencillas y respetuosas:
- Reconocer lo ocurrido: “Reconozco tu pérdida”.
- Preguntar, en lugar de suponer: “¿Quieres hablar de ello?” o “¿Hay algo concreto que pueda hacer por ti?”.
- Utilizar las palabras y los nombres que la persona emplee para referirse a su embarazo o a sus hijos.
- Escuchar sin comparar su experiencia con la de otras mujeres.
- Evitar las frases que comienzan con “al menos”.
- No ofrecer explicaciones religiosas, médicas o espirituales si la persona no las ha solicitado.
- Respetar tanto la necesidad de hablar como el deseo de conservar la experiencia en la intimidad.
- Volver a preguntar cómo se encuentra después de los primeros días, cuando la atención del entorno suele disminuir.
- Recordar fechas, nombres o momentos importantes, siempre que la persona se sienta cómoda con ello.
- Ofrecer ayuda práctica y específica: llevar comida, acompañarla a una consulta o ayudar con alguna responsabilidad cotidiana.
- Facilitar apoyo psicológico especializado en duelo gestacional o perinatal cuando ella lo desee o cuando el sufrimiento afecte profundamente su funcionamiento cotidiano.
La pareja y otros integrantes de la familia también pueden vivir un duelo y necesitar apoyo. Reconocerlo no debe borrar la experiencia corporal y emocional particular de quien atravesó el embarazo.
Fotografías, objetos y rituales: posibilidades, no obligaciones
Algunas personas encuentran significado en los rituales, la escritura, las fotografías, las huellas o los objetos conmemorativos. Otras no desean conservarlos o atraviesan un momento de tal dolor que no pueden pensar en ello.
Las investigaciones sobre creación de recuerdos después de una pérdida muestran que algunas familias valoran profundamente las fotografías y los objetos porque les permiten mantener memorias y reconocer el lugar de sus hijos. Sin embargo, estas prácticas deben ofrecerse como posibilidades, respetando el momento, la cultura y las preferencias de cada familia. No existe una única manera correcta de recordar.
No haber guardado una fotografía no significa que el vínculo, la memoria o la maternidad hayan sido menos importantes.
Mi tía conserva un recuerdo físico relacionado con Emilio y Max y lo lleva consigo todos los días. Pero, como ella misma me explicó, lo que guarda en su corazón y en su mente es único.
Los objetos pueden ayudar a representar un vínculo. No son los que determinan su existencia.
Para quien quiera reconocer en privado lo vivido, puede ser útil completar estas frases:
- Lo que este embarazo significaba para mí era…
- Lo que otras personas quizá no alcanzaron a comprender fue…
- Lo que necesito que se respete de mi experiencia es…
El propósito no es encontrar una lección, agradecer lo ocurrido ni convertir el dolor en algo positivo. Es ofrecer un lenguaje posible para aquello que quizá no ha encontrado dónde ser nombrado.
Investigar este tema no me enseñó cómo se siente perder un embarazo. Eso solamente pueden contarlo, si desean hacerlo, quienes lo han vivido.
Escuchar a mi tía me enseñó algo que la investigación, por sí sola, no podía mostrarme: cada pérdida puede ser diferente, incluso cuando ocurre en la vida de una misma mujer. Cada hijo puede ocupar un lugar propio y cada ausencia puede transformar de una manera distinta los sueños que se habían construido.
También comprendí que acompañar no consiste en pedir que el dolor desaparezca para confirmar que alguien ha podido continuar con su vida.
Una mujer puede seguir imaginando un camino para ella, amar a quienes están presentes y conservar, al mismo tiempo, un vínculo con quienes no pudieron quedarse.
Quizá acompañar no consista en encontrar palabras capaces de cerrar el dolor, sino en abandonar la necesidad de cerrarlo.
Puede comenzar al escuchar.
Al recordar.
Al permitir que se pronuncien sus nombres.
Porque una pérdida no comienza a existir cuando los demás la reconocen.
Pero nuestro reconocimiento sí puede evitar que quien la vive tenga que atravesarla en soledad, nuestro reconocimiento sí puede hacer espacio para Emilio, para Max y para todos aquellos hijos cuyo lugar no depende de una fotografía, de las semanas que duró un embarazo ni de que otras personas te den permiso a sentir su ausencia.
Nota editorial: Esta publicación es una aproximación psicoeducativa y no pretende representar todas las experiencias de pérdida gestacional. Cada persona puede vivirla y nombrarla de manera diferente. La experiencia compartida pertenece a una mujer y no se utiliza como evidencia universal. La información presentada no sustituye la atención médica ni el acompañamiento psicológico profesional.

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